Filosofía Práctica



"El perfume", de Patrick Süskind



Karim Martínez Zavala

4 de febrero de 2017 | Descargar PDF


“…Todo aquel cuya alma es de temple más sutil y, por tanto, incesantemente herida, no puede menos de sentir disgusto hacia los hombres. En los de condición más áspera, esa repugnancia se trueca en odio…”
Giovanni Papini

El hombre ha caído en el mundo y parece percibir su desamparo desde el primer instante. Su primera reacción es el llanto. Sobre su cuerpo se manifiesta el dolor que será su fiel compañero por el resto de su vida. Está solo y se sabe solo, deberá cuidar del otro para recibir lo mismo que ha dado, amor. Éstas son algunas de las premisas que sustenta el humanismo, fórmulas que se dan por sentado y sobre las cuales se funda toda ley ética, jurídica y religiosa. Leyes que nos permiten soportar, por decirlo así, la verdad que nos ofrece el mundo, que no es otra más que el sufrimiento.

El amor se convierte en algo necesario. Acaso, sería mucho mejor haber nacido con ese sentimiento que transmitirlo a través de ese medio tan repugnantemente humano como lo es la cultura. Pero ¿es que no nacemos con él? Entonces, ¿en qué lugar colocamos el desprecio por los demás, ese sentimiento tan puro que es el odio al otro?

Patrick Süskind (Alemania, 1949) en El Perfume (1985), nos muestra este problema que, si bien, ya había sido tratado en otros términos por diversos autores como Camus (El extranjero) o Sartre (Eróstrato, La Náusea) que parten de la negación de Dios y muestran personajes bajo la ausencia de todo referente ético (¿fundado en un humanismo con raíces en el positivismo?)

El Perfume es, como lo dice la frase que acompaña al título, la historia de un asesino, que el autor compara con “monstruos geniales” como Sade, Fouché y Napoleón. Todo acontece en la Francia del siglo XVIII. París y sus calles atestadas. Olores nauseabundos, donde el hedor recorre desde los sitios más vulgares hasta los más finos. Olores que comparte cada hombre, cada mujer: en el labrador, en el artesano, en la mujer del noble, en el clérigo. Pero nada se comparaba con el lugar más miserable de toda la ciudad: el mercado de la Rue aux Fers por donde desfilaban las carretas con docenas de cadáveres, un olor pútrido que surgía del cementerio se extendía por toda esa zona. Es ahí donde terminaban los desechos de la ciudad. Ahí, en el lugar más maloliente de todo París, nace Jean Baptiste Grenouille, quien paradójicamente, carecerá de un olor humano, pero estará dotado de un extraordinario sentido del olfato.

Las circunstancias del nacimiento de Grenouille nos introducen al panorama de las clases sociales más bajas. La madre estaba a punto de tener el quinto parto, "todos los había tenido en el puesto de pescado y las cinco criaturas habían nacido muertas o medio muertas...".

La garrapata Grenouille, como describe Süskind al personaje, lleva a la sensibilidad a niveles extremos a través de su capacidad olfativa. Si algunos alemanes del siglo XVIII habían dicho que la sensibilidad es principio de un conocimiento y la posibilidad de dominar a la naturaleza, este perfumista francés lo ha comprendido muy bien. Grenouille es capaz de clasificar a los hombres y a los objetos partiendo de sus olores; y con ello construir valores y juicios. Valores y referentes que no son guiados por moral alguna, pues Grenouille ha sido un relegado social. Careció de cualquier formación cultural o educativa; los conceptos morales le son ajenos en la misma medida que cualquier preocupación intelectual, y es por eso que a él no le interesa en lo más mínimo su entorno social. Para él, los hombres y mujeres apestaban a sudor y ropa sucia, simplemente; arrojaban un hedor parecido al de los desechos del mercado de la Rue aux Fers; y Dios no era más que un fastidioso olor a incienso y hierbas. Dios era un apestoso más.

Como vemos, Süskind al exponer esa misma condición humana, esa relación prometéica que hay entre sujeto y mundo, le agrega un nuevo matiz al aislamiento del individuo –tema recurrente en la obra de este escritor alemán- y lo torna más turbio cuanto más cercano al cuerpo: la sensibilidad. Si Mersault en El Extranjero fue condenado por su impasibilidad al asesinar a un hombre o por no manifestar dolor ante la muerte de su madre, vemos claramente que la ausencia de sensibilidad fue su falta. Obviamente, se nos presenta la necesidad de precisar lo que se entiende por sensibilidad. Según N. Abbagnano una de las acepciones es “la capacidad de juicio o de valores en un campo determinado. Por ejemplo, ‘sensibilidad moral’, ‘sensibilidad artística’, etc.”; asimismo es “la capacidad de participar en las emociones de los demás o de simpatizar. En este sentido se dice sensible al que se conmueve con los demás e insensible al que queda indiferente frente a las emociones de los demás…” (Abbagnano, Diccionario de Filosofía, FCE).

Así, Grenouille pretende concentrar la “fragancia absoluta”, extraer el perfume más exquisito al cual los hombres venerarían como a un dios. Hermosas doncellas tuvieron que morir y abandonar su dulce fragancia en las toscas manos de esta garrapata solitaria.

Finalmente, Grenouille creyó que con la estructura moral, léase la sence absolue, que había construido bajo estos cimientos podría “…expresar su odio, así como ellos expresaban su amor y su absurda veneración…”. Pensó poder dominar las pulsiones y a la voluntad misma. Pero no fue así. Esos mismos hombres que siempre lo rechazaron por indiferencia, fueron los mismos que le dieron muerte, pero esta vez era por un sincero amor. Grenouille nos demostró que también era un hombre, es decir, ¿una pasión inútil?

Aunque esta novela se convirtió en un culto (para quien gusta de esas referencias para tomar un libro y leerlo), El Perfume no deja de ser una fascinante historia que sigue, sin duda, la tradición literaria alemana del Bildungsroman o “novela de la educación”, que no se ocupa ya de la descripción de acontecimientos externos como aventuras, sucesos trágicos o cómicos, sino que señala el desarrollo interno de un personaje que se vuelve punto central del argumento. La estructura está bien definida, el tiempo de la narración transcurre de manera lineal y abarca la vida de un hombre desde su nacimiento hasta su edad madura, recalcando eventos importantes correspondientes a cada etapa de la vida. El Bildungsroman fue perfeccionado por Goethe a finales del siglo XVIII; Thomas Mann construyó La Montaña Mágica con esta estructura, y continúa hoy día con distintos matices.






Escribe tu comentario.

Nombre: