Filosofía Práctica

El Quijote

La vergüenza y el arrepentimiento, para Sócrates



Amadeus Estrada Cázares

29-mayo-2016.


Introducción.

La pregunta que aquí se trata de responder es: ¿qué factor cumplen en la vida los sentimientos llamados negativos (específicamente la vergüenza y el arrepentimiento) en la configuración del modo de ser del alma humana? Primero se analizará en qué consiste el alma, después cómo surgen los sentimientos en ella, cuál es la razón de ser de estos sentimientos, y cómo se configuran éstos en positivos y negativos, luego de analizarlos en términos generales se indagará sobre los dos que aquí nos atañen, para tratar de extraer después su sentido general para la vida y finalmente concluir.

Sentimiento, razón y démon.

Para Sócrates los “sentimientos” son las alteraciones del alma en virtud de las cuales ésta presta atención a una cosa o a la otra. El alma, por su parte, es la fuente de las acciones y del carácter humano (Taylor, 196), mientras el cuerpo es lo que opone resistencia al trabajo del alma (Apología: 30b).

Puede decirse que el alma es el intento de imprimir sentido y unidad a la realidad, mientras que lo corporal es algo que se adapta y opone resistencia a cambiar respecto al modo de ser al que se ha adaptado, y sin embargo no puede evitar hacerlo, es decir, es inevitable e ineludible para lo corporal variar su modo de ser.

Todo lo que es corporal tiende hacia la tierra, tiende hacia la dispersión en sus partes y hacia la destrucción, en contraste todo lo que es divino y espiritual tiende a mantenerse igual y estable. Por ello la realidad corporal para tener sentido requiere de algo diferente que le otorgue su ser, un tipo de estabilidad.

Un cuerpo que adquiere alguna propiedad opone resistencia a perderla por medio de una serie de estrategias; por ejemplo tener un exterior de determinada dureza o una blandura y elasticidad que rechace a otros cuerpos. Pero ya que el cuerpo está identificado con una tendencia a la dispersión, es la mezcla de esta realidad con una que tienda a la unidad y a saber lo que se hace (con algo inteligible), lo que posibilita la existencia de lo corporal.

Bajo esta estructura el hecho de que el ser humano padezca emociones se debe a que su alma advierte los cambios que sufre su parte corporal, lo “estable” mide constantemente a lo que es inestable para entender la situación en la que se está colocado. Sin embargo al hombre no le basta su alma, que siempre está limitada, hace falta algo que le advierta de sus limitaciones, y es aquí donde el famoso démon o daimón adquiere su papel preponderante (Apología: 31c-d).

Cuando los hombres viven centrándose en sus cálculos y razonamientos, pueden limitarse a ellos y no preocuparse en nada más, así como cuando se centran tan sólo en sentir y en actuar, pero en cualquier caso les llegan señales en base a lo que todavía no son, un llamado que permite cambiar la orientación del alma, ¿de dónde llega este llamado? Es algo que no se puede asegurar, sólo se puede constatar que es un no sentirse satisfecho, sentir que no hemos dado todo de lo que somos capaces, y de saber que siempre hay una extensión infinita de conocimiento a la que no se puede llegar, el humano siempre vive en la mezcla y en la imperfección.

De este modo se ve que en el humano hay razonamiento, un pensar intentando separar lo eterno de lo mortal, y pensar en base a lo eterno, o en otros casos, poniéndolo en relación con lo que cambia, y por otro lado, el sentimiento es un estar atento por parte del alma de lo que cambia, se altera y muere, sin traducirlo en un lenguaje argumental. Sin embargo esto no lo es todo, sino que hay que estar consciente de que no es posible saberlo todo, de que hay una clase de conocimientos estables y perfectos que no son de los humanos, siempre sometidos al cambio y a la alteración, a estos saberes no es posible acercarnos, las palabras humanas no penetran en este ámbito (Apología: 23b) y este no saber es lo que nos permite mantenernos en nuestros límites.

¿Cómo surge el sentimiento?

Una vez aclarado que el sentimiento es uno de los tres factores fundamentales del humano en Sócrates, hay que comprender cómo surge lo que llamamos sentimientos y porqué es, en efecto, tan fundamental que el alma sufra de alteraciones y afecciones. En general el sentimiento proviene de la necesidad de descubrir, obtener y producir cosas buenas (lo único que se puede querer son cosas buenas, querer en este contexto es lograr quedarse con ellas, Menón: 77b-79e). Efectivamente quien ya tiene cosas buenas no se ve en la necesidad de producirlas, obtenerlas o descubrirlas. Los humanos no tendrán jamás todo, pues su capacidad es limitada, no siendo eternos ni perfectos.

Algunas de las necesidades básicas son adquisitivas; comer, beber, respirar, etcétera, otras son productivas; se necesita desahogar la necesidad de realizar acciones o dar lugar a que aparezcan otras cosas u otras realidades, un ejemplo obvio está en las necesidades reproductivas y, por otro lado, está la necesidad constante de experimentar cosas nuevas1; sentir nuevos sabores, la atracción que tiene para el olfato un olor tan sólo por su encanto, sea que se tenga hambre o no, etcétera. Ya había notado Homero [aunque Platón criticará esto, pero es algo irrelevante aquí] que “los hombres cantan con preferencia el canto más nuevo que llega a sus oídos” (Ilíada: I, 350-352).

El experimentar un placer no es, solamente por la necesidad de acaparar lo nuevo, sino de sentirlo, de experimentarlo y de dar lugar a lo que de algún modo es nuevo, podríamos concluir que es eso lo que tiene implícita esta noción de productividad (Banquete: 207d). Eso, en algunos casos, se manifiesta como depredación y muerte, como consumo y destrucción, pero no hay razón para creer que sea algo universal.

El sentimiento surge porque forma parte de la necesidad general de lo viviente de descubrir y experimentar cosas nuevas y del impulso por adquirir, sin embargo “descubrir” y “experimentar” describen mucho mejor que adquirir, pues mucho de lo que se descubre y se vive no puede ser descrito como una cosa que se adquiere; el jugar, el disfrutar, ¿son exactamente “cosas”? Al menos no son algo que se pueda adquirir, ¿qué sentido tendría adquirir el hecho de jugar?

El impulso aquí descrito [el de la vida] es; descubrir, experimentar y crear cosas nuevas, esto depende de que sepamos nuestra posición y relación ante otros entes y situaciones, y este sentir la relación respecto a otros entes y situaciones es otra forma, más clara, de caracterizar lo que se llama sentimiento, puesto que nos advierte porqué el alma altera su modo de ser y sufre afecciones y cambios de estado.

Resumiendo: No se trata la vida simplemente de adquirir o de destruir, sino que bajo determinadas estructuraciones específicas se manifiesta de ese modo, pero no es todo, sino que lo básico es la experiencia de lo nuevo.

Lo negativo y lo positivo en los sentimientos de culpa y de vergüenza.

Por lo que ya quedó expuesto se ve claramente lo que es para Sócrates el sentimiento y el motivo por el que aparece en el ser humano, en lo que sigue se realizará un análisis en torno a los sentimientos específicos que aquí se trata. La primera especificación que sobre ellos se realizó es que son considerados negativos, de modo que resulta imprescindible explicar qué es esto negativo que se detecta en los sentimientos, qué es lo supuestamente negativo que hay en ellos.

Lo negativo en los sentimientos.

Un sentimiento positivo es aquel que responde a los anhelos fundamentales humanos, mientras que los negativos son aquellos que restringen y limitan el cumplimiento de los mismos anhelos, y este anhelo como ya se mencionó es, primordialmente, descubrir, participar y crear lo nuevo; al lograr la satisfacción de esto, se dan sentimientos que se caracterizan como positivos, por ejemplo: la alegría y la esperanza, pues hacen participar de esta novedad de la que aquí se hace mención.

La alegría es sentir la propia capacidad creativa y la esperanza es sentir que en lo futuro hay algo que incrementará la capacidad de crear. En cambio los sentimientos como la tristeza o la decepción son negativos porque llevan a sentir que la capacidad generatriz o generadora se agota y empobrece. [Es comparable a los afectos positivos y negativos en Spinoza, aunque, claro, bajo otro esquema ontológico: E3AD (definición de los afectos) 2y3]

Se puede decir que la relación con la memoria y el pasado es más directa en los sentimientos tristes, mientras que en los alegres lo que priva es la sensación de bienestar y de presente, o de un futuro que ya se está viviendo en el presente, a pesar de estar en el porvenir; por ejemplo en la esperanza se vive una felicidad futura como si ya estuviera efectivamente aquí y ahora.

Sin embargo esto se tiene que matizar, pues la tristeza, por ejemplo, también predice males lejanos y la alegría se solaza en confrontar la mejor situación presente o futura con otra situación peor que se recuerda, aun tomando esto en consideración se nota la mayor relación de lo negativo con el pasado y de lo positivo con el futuro, respecto esto, ya tendremos oportunidad de exponer esto al tratar sobre el sentido temporal del arrepentimiento.

Es fundamental, también, entender que los humanos no viven en la exclusividad de lo positivo ni de lo negativo, de lo triste o de lo feliz, sino que en la mezcla y en la relación recíproca de ambos factores la personalidad se construye aprovechando ambas formas del sentimiento para darle al individuo un sentido de continuidad.

Por ejemplo; si bien la alegría multiplica las fuerzas del individuo, su creatividad, su anhelo básico, es necesario que la fuerza de la tristeza venga a cambiar su panorama para que abandone por algún tiempo el ejercicio de la capacidad creativa, y pueda por un lado eliminar lo que tienen de monstruoso o de equivocado sus creaciones, es decir, para darle un sentido diferente a sus creaciones y por otro cuando siente que ya no avanza debe también darle paso a la tristeza para eliminar aquello que es obstáculo para la creatividad. Sólo la fuerza que tiene la decepción es capaz de reconfigurar el proceso de creación. Una vez comprendido en general lo positivo y lo negativo en relación a la continuidad de la vida humana, nos abocaremos a los sentimientos específicos que aquí pretendemos clarificar.

La vergüenza.

Este sentimiento consiste en que el alma advierte que no se estuvo a la altura de las posibilidades propias, que se creyó saber falsamente lo que no se sabía, éste es uno de los factores de cambio más importante en el humano.

Cuando exponemos algo de lo que creemos poseer un saber en el orden de lo explicativo o de la realización, nos llena esto de algún modo lo que los otros opinan de nosotros, en este proceso se apodera de cada cual, en cierta medida, una sensación de haber estado a la altura de lo que la situación exige de nosotros (Menón: 80b), porque la educación común se basa en que por medio de reconvenciones y recomendaciones nos damos cuenta de que hacemos las cosas bien o mal (Protágoras: 322e-328d), y ésta es, en la mayoría de las circunstancias, nuestra medida para detectar si estuvimos en lo correcto o no.

Lo contrario es el sentir que se hizo algo inadecuado, un detectar que se hizo algo que no se debió de haber hecho, que era impropio de nosotros, conforme a determinados criterios, que por lo común están, igualmente, basados en la educación que se imprime en el alma desde la más tierna infancia.

Y aunque la vergüenza puede ser un factor de control social, es también una señal [no siempre adecuadamente entendida], que indica que hay algo en lo que se tiene que cambiar, que hay cosas que no logramos conforme a lo que nos parece que somos.

Una persona que solamente se mantiene en el orgullo puede ser excesivamente dependiente de este sentimiento, del sentirse aprobado, que está a la altura todo lo que ha hecho de lo que es. El problema es que primero no se sabe si esto es cierto, y segundo que con las circunstancias tan variables de la vida, aún si fue cierto, esto puede repentinamente cambiar.

Es aquí donde un cierto grado de vergüenza puede venir a compensar nuestros excesos, ciertamente que si ese sentimiento llega a ser algo que se apodera y embarga el modo de ser de cada uno, se convierte en un círculo vicioso autodestructivo, pero esto no anula su función general: advertir la necesidad de cambio.

El arrepentimiento.

Este sentimiento consiste en no querer haber hecho lo que se hizo, es “negativo” porque, al igual que la vergüenza, es sentir que no estuvimos a la altura de lo que somos (Teeteto: 148b-c Cármides: 158c-d), esto limita nuestra actividad y creatividad, pues si nos equivocamos una vez fácilmente podemos hacerlo de nuevo, y presenta otra faceta, que en lo futuro cuando veamos una situación similar podremos actuar de un modo distinto, nos pone, por lo mismo, bajo advertencia.

El arrepentimiento es una oportunidad de parar la productividad, de poner una pausa en el proceso creativo, en el sentido de considerar que aquello que fue hecho pudo haber sido de otro modo, y ese otro modo estaría más de acuerdo a quien ahora creo que soy, esto abre al individuo a un análisis multifactorial:

1) Quién fui, 2) Quién soy ahora, 3) Quién he sido, 4) Quién seré, es decir, quién podré ser en lo futuro y 5) Quién no podré no ser nunca: cuáles son los límites humanos. Esto es, por lo mismo, un análisis de las varias facetas del tiempo y de algo que no puede especificarse en qué tiempo está [la sabiduría del oráculo que nos dice que nunca llegaremos a lo perfecto y a lo eterno].

En efecto, en el análisis del arrepentimiento (y de cualquier sentimiento) se dan estas partes2: 1) quien fui, como lo que determinó las acciones que realizamos antes, 2) quien soy, como el parámetro que determina porqué la acción que sentimos como impropia, como inferior a los que somos, es efectivamente así, 3) quien he sido, como lo que resulta del contraste entre quien fui y quien soy, quien seré también está implicado (Laques: 187e-188a), pues partiendo de la síntesis entre quien fuimos y quien somos se traza un rumbo hacia 4) quien seremos (Lo que se nota cuando se analizan las opciones de vida de alguien, por ejemplo; Protágoras: 311b-314b), por último el saber que todas estas preocupaciones remiten a: 5) algo que no somos y nunca seremos (Apología: 20e-23b), esto pone bajo perspectiva la importancia de nuestros pequeños sentimientos ante algo superior, no para anular estos sentimientos ni para negar su importancia, sino para entender que se refieren a algo más grande que nosotros, para que no nos dejen encerrados en nuestra interioridad, porque el sentimiento siempre es en referencia a la realidad.

El problema del arrepentimiento, al igual que la vergüenza, es que puede surgir al hacer algo inusitado por el mismo hecho de ser raro (Gorgias: 486e-487b y República: 452d-e), y no por el hecho de sentir que no se está a la altura de lo descubierto, de lo que se es. En general, sin embargo, es uno de los llamados del cambio y de la alteración, como decir: hay que revisar el proceso por medio del cual inventamos lo que somos, porque hay algo potencialmente peligroso.

El sentido del arrepentimiento y de la vergüenza.

Conforme a lo visto, se ve que los sentimientos llamados negativos no son malos en sí mismos, aunque sí peligrosos debido a su efecto de desaliento, pero no se debe olvidar, primero, que estos, bajo ciertas circunstancias son necesarios y, segundo, que los sentimientos llamados positivos o alegres, aunque son, por sí mismos, convenientes, contienen peligros intrínsecos (por eso está equivocado Antonio Caso, mantener la esperanza como estado constante es un vicio, saber cuándo utilizarla y en qué medida, es una “virtud”: Caso, 1989: 175-188). Puede decirse que el gran peligro de quienes pretenden vivir sólo en un entorno positivo de logros y de orgullo es que la posibilidad de engañarse es grande, en efecto, el no hacer caso de las limitaciones y de los errores, es quedarse en un modo de ser único, y no en obedecer al cambio como parte del curso natural de los acontecimientos.

Hay que recordar también algo que ya se mencionó; por medio de los sentimientos el alma advierte su posición en relación con otros entes, y si los sentimientos se centran en lo ya logrado dejan de percibir relaciones nuevas y se encierran en una mescolanza de cosas pasadas, unas falsas y otras verdaderas, sin abrirse a otras cosas y aspectos de la realidad, y por lo mismo, lo que se presenta no cambia a quien lo recibe, si está en este estado.

Esto quiere decir que los sentimientos, bajo determinadas circunstancias, de “uso irresponsable” significan una enfermedad, y en efecto, es muy natural que si los sentimientos revelan un aspecto de la realidad, centrarse sólo en un aspecto termina convirtiéndose en un estado de destrucción, en un alimentar una sola forma de lo que somos, desobedeciendo la multiforme experiencia de la realidad que exige que se sea diferente y mejor de lo que se es.

El peligro de eso que se llama negativo es hundirse en uno mismo, en un espectáculo de autodestrucción y culpa que no conduce a nada más que a encerrarse en uno mismo. El problema de esta circunstancia es que resulta una locura puramente humana, un malfuncionamiento de lo que somos (En Teeteto se ve el aspecto desilusionador del método, igualmente en Menón).

Para mantener un tipo de salud es necesario, obviamente, tener algún genero de equilibrio entre las fuerzas, una suerte de mezcla entre saber nuestras potencialidades y entender nuestros límites, para hacernos una idea del camino que se puede trazar para nosotros, de un tipo de orientación para la vida.

Pero no es así de fácil, no es como mezclar agua fría y caliente, el constituir la vida como una mezcla de positivo y negativo sigue siendo una limitación basada en lo puramente humano, [ya mencionamos algo de esto al hablar del sentido temporal del arrepentimiento], sin embargo existe también la penetración de elementos extraños que no son ni positivos ni negativos y que sin ellos, todo este equilibrio y este raro juego que es la vida humana no podría de ningún modo, surgir, no podría ser jugada.

Este advertir la carencia no de algo que podríamos lograr, sino de algo que nunca podremos conseguir es lo único que permite mantener la vida en perspectiva, lo que permite cambiar no solamente el equilibrio entre los factores de nuestra vida “positivos” o “negativos”, sino el sentido general de la vida misma que determina lo positivo o lo negativo.

El entregarse a esa experiencia es algo divino, es una introducción de la “locura” en la vida que permite alterar los esquemas bajo los cuales se nos presenta la realidad, por lo mismo no es una locura humana que nos suma en lo que ya somos, sino que nos advierte que podemos ser diferentes en vista o tomando como “modelo” no lo que se puede ser, sino lo que nunca podremos ser.

Conclusiones.

En virtud de lo visto se puede concluir que los sentimientos negativos de vergüenza y arrepentimiento son tales porque limitan el poder de la creatividad humana, (al enseñar la vergüenza que no se estuvo a la altura de algo y el arrepentimiento que se pudo dar más de lo que dio), y el anhelo básico de buscar y experimentar cosas nuevas, pero que son un factor importante en el crecimiento de cada cual, en el sentido de que ante su reto es necesario ser diferente de lo que se es, pero no deben basarse (únicamente) en convenciones humanas, sino en la comprensión de que, finalmente, siempre habrá un ámbito de la realidad que nunca se podrá comprender.




Notas.

1. No sólo por el hecho de ser buenas, sino por el hecho de que expanden nuestros horizontes, es por lo que nos atraen las cosas que queremos, por esto la productividad será caracterizada de ahora en adelante por lo “nuevo” y no por lo bueno.

2. Aquí se ponen como afirmaciones estos elementos temporales, se toman como ya considerados en el proceso mayéutico socrático, presentes en Teeteto por ejemplo, aunque la importancia del interrogatorio constante en la vida, se ve desde la Apología: 29d-30a.

Bibliografía.

Caso, A., (1989) La existencia como economía, como desinterés y como caridad. México. UNAM. Pp. 199.

Platón, (1986) Diálogos. España. Gredos.

Homero (¿?) La Odisea, traducida por Luis segala y Estalella. México. Época. Pp. 402.

Spinoza., (2000) Ética demostrada según el orden geométrico, tradución de Atilano Domínguez. Madrid. Trotta. Pp. 300.

Taylor, A.E., (1961) El pensamiento de Sócrates. Traducción: Mateo Hernández Barroso. México. F.C.E. Pp. 153.






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