Filosofía Práctica

El Quijote


Naturaleza humana y felicidad



Mauricio Enríquez Zamora

11 de febrero de 2017





He aquí dos problemas filosóficos tradicionales todavía vigentes. El primero es el de la “naturaleza humana”, el cual consiste en determinar cuál es la esencia humana, qué es lo que nos hace propiamente humanos. Respecto a este problema, el marxismo ha declarado el inconveniente de usar términos como “naturaleza” o “esencia”, los cuales denotan algo fijo e inmutable; términos de carácter metafísico, intolerables a un pensamiento crítico, científico o incluso de una filosofía realista. No obstante, no han negado el hecho de que en cada una de las diversas etapas de la historia, la raza humana ha manifestado un modo de ser peculiar. Así que (para los marxistas) no habría una esencia fija sino maleable, cambiante, y que tiene como agente del cambio al mismo ser humano.

Por otro lado está el problema de la felicidad. Desde la antigüedad hasta nuestros días la felicidad es una cuestión presente en la conciencia del hombre. Y es una cuestión que se halla conectada con la de la naturaleza humana, así que variará en su significado según varíe la idea de esencia humana. En las siguientes líneas de este breve ensayo expondré estos conceptos en tres momentos distintos: la antigüedad griega, el inicio de la modermidad occidental y el presente. En este último momento daré los que considero como conceptos más adecuados a nuestro tiempo.


En la Grecia antigua, cuna de la filosofía, muchos fueron los pensadores que reflexionaron en torno al tema de la felicidad. Entre ellos Aristóteles, uno de los más grandes. Él es el primero que hace explícitamente la vinculación entre la felicidad y la esencia humana. Toda cosa tiende a un fin que le es propio, por ejemplo, la semilla tiende a desarrollarse para convertirse en un árbol. Así también en las acciones humanas hay fines: la acción del carpintero es la de producir muebles, o la del médico producir salud en el cuerpo. Todos estos fines en las cosas o los sujetos de un arte son esenciales a dichas cosas o dichos sujetos. Pero cabe preguntarse: ¿cuál es la actividad propia del hombre en general? No ya como carpintero o como médico, sino como persona en sí. La respuesta a esta cuestión es lo que Aristóteles denominó virtud, la cual consiste en la actividad intelectual, y cuya práctica conduce a la verdadera felicidad.

De ahí la clásica definición del ser humano como un “animal racional”, aunque también debemos al estagirita la que dice que somos una especie de “animal político”. Lo que distingue a las personas es su racionalidad, el uso de un lenguaje que le permite discernir entre el bien y el mal, así como el ser gregario, asociándose en comunidades. Por lo tanto, su felicidad consistirá en vivir una vida conforme a esa naturaleza racional, una vida de reflexión filosófica. A esto podría objetarse que hay quienes no viven así y sin embargo dicen ser felices. Y es que la felicidad es un bien que suele confundirse con otros. La felicidad es el fin último, algo que no se quiere con la vista en otra cosa; no es un medio. Sin embargo, muchas veces se confunden los medios con los fines.

Aristóteles menciona en su Ética a Nicómaco acerca de dos géneros de vida ajenos a la vida filósofica, cuya práctica es disfrutada erróneamente como felicidad:

La multitud y los más vulgares ponen el bien supremo en el placer, y por esto aman la vida voluptuosa. […] Los espíritus selectos, en cambio, y los hombres de acción identifican la felicidad con el honor: este es, puede decirse, el fin de la vida política.1

Quienes viven para disfrutar de placeres u otros bienes asequibles a través de las riquezas viven ese género de vida que Aristóteles llama “vida voluptuosa”. En este tipo de vida siempre está ausente la racionalidad y el individuo está fuertemente sujeto o atrapado por sus propios deseos o sentimientos. Como consecuencia de esto, el individuo cae en el vicio, que es una situación de desequilibrio en la conducta o en los sentimientos, adoptando algún extremo: defecto de sentimiento o conducta, o bien, su exceso. La avaricia, por ejemplo, es un vicio por exceso de amor al dinero. En cambio, quien es racional no es avaro, sino liberal, porque no atesora dinero en forma irracional, sino que hace un uso correcto de él. La vida política, caracterizada por la búsqueda del honor como bien último, tiene también su ingrediente “vicioso” o de falsa virtud. No puede tomarse como un bien verdadero, ya que en realidad depende de los demás siempre. Los políticos o quienes viven de su imagen pública están siempre demasiado ocupados en la opinión que los demás tengan de ellos; viven esclavizados por su propia ambición. Y si su expectativa no se realiza, sufren. Pero la virtud o la felicidad, dice Aristóteles, no puede consistir en algo que tan fácilmente pueda arrebatársenos, sino en algo que forme parte de nosotros. Así que la vida política no conduce a la felicidad y más bien es una forma de vida viciosa.

Sólo en la vida virtuosa es posible encontrar la verdadera felicidad, en la vida donde nuestras acciones son producto de una práctica y una reflexión reiteradas. En la vida de falsa virtud aparece siempre un placer vicioso, ajeno a la persona “como ornato circundante”. Pero la vida virtuosa “tiene en sí misma su contento”2.


Echando un vistazo a otra perspectiva de este problema de la relación entre esencia humana y felicidad, abrevemos un poco del pensamiento de Spinoza. En su metafísica, este filósofo holandés del siglo XVII considera también “esencias actuales” de las cosas. Dos de las proposiciones de su ética nos lo muestran. La primera dice que “cada cosa, en cuanto está en ella, se esfuerza por perseverar en su ser”3. Este esfuerzo de todas las cosas por permanecer en su ser es llamado genéricamente por Spinoza como conato, pero en el caso del hombre se denomina deseo. El deseo no es más que un conato conciente, el conato humano. Pero también nos dice que este conato es la esencia de cada cosa: “El conato con el que cada cosa se esfuerza en perseverar en su ser, no es nada más que la esencia actual de la misma”4. De aquí que podamos decir que la esencia del hombre es su deseo.

Esta definición de la naturaleza humana parece contrastar mucho con la de Aristóteles, quien definía la esencia humana como su racionalidad. Y es que Spinoza mantiene una postura metafísico-antropológica “monista”, al considerar al hombre como un compuesto indisoluble de alma y cuerpo5. Ambos son la misma persona, aunque vistos desde atributos distintos que son, respectivamente, el pensamiento y la materia. Por esto, el deseo como esfuerzo por perseverar en el propio ser, es no sólo un esfuerzo intelectual, sino al mismo tiempo físico o corporal.

Pero conviene con Aristóteles en su definición formal de virtud, como el actuar con apego a la propia naturaleza. En este caso, se trata de afirmar tanto el pensamiento como la conducta. Cuando se da esta afirmación surge, según Spinoza, un aumento de nuestra potencia o poder, expresado fisiológicamente en un sentimiento de alegría. En cambio, cuando se reprime este deseo tanto en su forma mental como física, lo que surge es un sentimiento de tristeza, que expresa una disminución de nuestro poder de actuar y de pensar.

Así que el criterio para saber si actuamos en forma virtuosa es observar que nuestra conducta derive de un esfuerzo intelectual de encontrar la acción más adecuada y que de ello se siga una mayor alegría o, en el peor de los casos, un menor dolor. Lo que significaría una mayor liberación tanto física como anímica.

La felicidad en Spinoza, por otro lado, tiene un carácter “místico”, pero también está asociada a la virtud, como en Aristóteles. El uso activo o racional del pensamiento conduce al tercer género de conocimiento (ciencia intuitiva), el cual es un modo inmediato de ver la esencia de cada cosa, como viéndola desde el punto de vista de Dios. Y entre más se conoce con este tercer modo, más se conoce a Dios. Llegar a este tercer género de conocimiento constituye “el supremo bien del alma y su suprema virtud”6.


En nuestra época, las ideas de virtud y felicidad siguen presentes. Quizás hoy ya no usemos mucho el término “virtud” y lo hayamos remplazado por “habilidad”, “capacidad” o “competencia”, pero el espíritu del concepto permanece inalterado. Las virtudes de nuestro tiempo están íntimanente ligadas a la actividad, en el sentido spinoziano, antes que ser “hábitos” en el sentido aristotélico. Y esta diferencia tal vez se deba a que en tiempos de los griegos no se tenía la concepción moderna de “individuo autónomo” o “individuo libre”. La sociedad entera debía seguir los modelos de virtud emanados de las personalidades destacadas, para poder ser llamado “valiente”, “liberal” o “bueno”. En cambio, en la época moderna, cada quien con base en su esfuerzo y capacidad (emprendimiento individual) funda sus “propias virtudes”. Se destaca la autonomía de la persona moderna respecto a modelos externos de vida.

La creatividad ha sido el valor fundamental que ha impulsado el desarrollo de la sociedad capitalista desde su origen, pues a tráves de ella se han traído al mundo social las mercancías y los medios de producción. Aunque en los comienzos del capitalismo esa creatividad no ha sido un bien adecuadamente repartido entre todos los miembros de la sociedad, sino más bien ha sido acaparado por una clase social, que es la burguesía de cada país. Aquí me estoy refiriendo a la fase del capitalismo industrial, propio del siglo XIX y la mayor parte del XX.

En las últimas dos décadas, sin embargo, el rol de la creatividad en la vida económica de las sociedades ha tenido un repunte inusitado, de modo que ahora sin innovación constante resulta muy difícil la sobrevivencia de las empresas. El papel que juega el conocimiento en el desarrollo económico, social y cultural es cada vez mayor, dando origen a las denominadas “sociedades del conocimiento”. Este tipo de sociedades basadas en la creatividad implican una transformación en la naturaleza del trabajo humano, al hacerlo más “libre”. Algo que sin duda incide en la felicidad de las personas que trabajan en dicho tipo de sociedades.

Pero el trabajo libre es sólo un aspecto de lo que puede constituir la felicidad de nuestro tiempo, porque es sólo un modo de hacer frente a la soledad humana; el otro, es la unidad de las personas en sociedades libres de la violencia civil o estatal: una verdadera democracia. Si en nuestros días la esencia humana la entendemos como la “capacidad de transformar creativamente el mundo”, esto no sólo implica nuestro entorno material, sino también nuestros modos de relación social, actualmente carcomidos en la violencia generada por la delincuencia y por el propio estado.


La noción de virtud, al parecer es una idea intrínseca a la humanidad, pues se define como lo que expresa o afirma precisamente esa humanidad. Lo que sí ha cambiado en la historia humana es la idea misma de humanidad o naturaleza humana. La racionalidad pura fue nuestra esencia con Aristóteles, el deseo lo fue con Spinoza; pero, hoy podemos decir que es nuestra creatividad, entendida como un deseo intrínseco de transformar o crear cosas nuevas en el mundo, incluyéndonos a nosotros mismos como una obra subjetiva (valores, instituciones sociales, relaciones personales, etc.).

Nuestra naturaleza es, según esto, eminentemente práctica. Ya he descrito dos de las principales tareas en las sociedades actuales, como la liberalización del trabajo y la humanización de las instituciones sociales. La primera de estas dos tareas ya ha sido lograda por algunos pueblos, y podría decirse que están en camino a lograr la segunda tarea, que yo considero algo independiente y quizás de mayor dificultad. Pero en nuestros países latinoamericanos aún nos queda mucho por hacer.


Notas.

1. Aristóteles. Ética nicomaquea. Porrúa. México. 2000. p, 5.

2. Ídem. p, 11.

3. Ética, III, Prop. 6.

4. Ética, III, Prop. 7.

5. Ética, II, Prop. 13, Cor.

6. Ética, IV, Prop. 28.


Bibliografía.

1. Aristóteles. Ética a Nicómaco. Porrúa. México. 2000.

2. Spinoza, B. Ética. Trotta. Barcelona. 2005.






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