Filosofía Práctica



La modernidad en Jurgen Habermas



Eloi Ramírez Niebla

30 de octubre de 2017 | Descargar PDF


En el panorama filosófico contemporáneo, el sistema de pensamiento diseñado por el alemán Jurgen Habermas, merece un lugar destacado. Se puede decir, que todos los sistemas actuales convergen, puesto que todos no son otra cosa que esfuerzos teóricos por comprender la época, a saber, la época moderna, que para algunos es una de las más complejas de la historia, carácter que le viene dado por ser tanto una especie de culminación de los tiempos cuanto una especie de acumulación del patrimonio cultural que la humanidad viene generando desde su más remoto comienzo. Así, se tiene que en la filosofía contemporánea aparecen grupos de pensadores que bien se podrían agrupar en distintas corrientes de acuerdo con el canon desde el cual desarrollan sus reflexiones, pero que coinciden, siempre coinciden; por ejemplo, hay quien compara a Derrida y a Levinas con el autor que hoy nos ocupa en tanto que los tres se encuentran acometiendo el problema de las relaciones de comunicación entre sujetos, o entre personas, o como se desee nombrar a esa especies de unidades provistas de razón que se relacionan dando lugar lo mismo a consensos que disensos, lo mismo que a armonías y relaciones de sometimiento. La historia del problema es larga, sin duda, y por lo menos se remite a Hegel como el autor que de manera más extensa y sistemática lo planteara con su famosa, aunque no por eso más conocida, teoría de la relación de afirmación-negación entre las conciencias; el problema avanza a lo largo del siglo XX, lo toman los existencialistas franceses logrando significativos avances que habrán de aprovechar las siguientes generaciones, también de pensadores franceses, agrupados en la llamada escuela estructuralista, independientemente de lo que se quiera entender por esta, pero que a efectos de ubicación se debe señalar que es la escuela en que aparecen el ya mencionado J. Derrida, junto a los famosos Foucault, Deleuze, Lacan, como los más conspicuos y que han prevalecido en la consideración del público estudioso. En Alemania, el problema de la relación entre conciencias fue tratado recientemente desde la escuela hermenéutica, por ejemplo con teorías acerca de la empatía. Sin embargo, por alguna razón la teoría de Habermas destacó por sobre las demás, hasta quedar junto a dos o tres pensadores que fueron los únicos que lograron mantener la altura y la profundidad de su filosofía, para algunos, sólo un Levinas o un Derrida lograron pensar con una profundidad equiparable a la de Habermas el problema de la relación entre conciencias, problema al que Sartre se refería en alguna frase como “el escándalo metafísico de la pluralidad de conciencias”.

Por otra parte, se tiene a Habermas teórico, no tanto ya de la intersubjetividad, cuanto de la Modernidad, o dicho de otra manera, que su teoría de la intersubjetividad no fue sino una manera de pensar ese otro gran problema filosófico que era la comprensión del proyecto de civilización Moderno en una clave nueva que superara el estancamiento en que habían caído las teorías de sus maestros de la Escuela de Frankfurt, todos dependientes del esquema de la filosofía de la conciencia, el cual para Habermas, era el mayor impedimento teórico para seguir pensando el proyecto Moderno sin actitudes de escepticismo radical (por la teoría de la cosificación). Precisamente, en la presente reflexión se abordará el tema de la Modernidad, tal y como este concepto se entiende desde la perspectiva del autor de la Teoría de la Acción Comunicativa, o mejor dicho, se tratará de pensar el concepto Modernidad partiendo de algo así como la imaginación habermasiana, el universo habermasiano, el esquema y el enfoque habermasiano.

En términos de génesis, se debe marcar que Habermas desarrolla su pensamiento como un intento por superar a sus maestros, los miembros de la casi legendaria primera generación de la Teoría Crítica, en donde superación debe entenderse en realidad como una manera de continuar con el método de crítica inaugurado por sus maestros hoy ya clásicos, además, como un perfeccionamiento del mismo tomando en cuenta las transformaciones que comenzaba a tener el pensamiento filosófico. Por dicha razón es que se explica el conocido intercambio que tuviera Habermas con la tradición de la filosofía analítica, o el aparente abandono de los presupuestos de tipo revolucionario por presupuestos de índole más institucional, adecuando su pensamiento a la arena pública de las democracias contemporáneas, por cierto, una adecuación y un descenso a la política mundana que pocos pensadores han podido llevar a cabo con tanta genialidad.

Entrando un poco en materia, es menester ubicar a Habermas como un heredero de la sociología de Max Weber, pensador considerado hoy día dentro de los clásicos de la sociología pero que antes que nada se ocupó de pensar, no sin cierta erudición, la transición desde las sociedades tradicionales a las sociedades nacientes que a la postre habrían de llamarse sociedades capitalistas, o bien, más ampliamente, sociedades Modernas. Por ejemplo, Weber tuvo una intuición fundamental y revolucionaria que fue explotada por grandes pensadores que le sucedieron, la cual consistía en considerar al nuevo mundo bajo la característica de la Administración Total, y se generalizaron, por ejemplo, expresiones como, la Jaula de Hierro, o la Jaula Burocrática, todas referidas al orden naciente caracterizado por una organización total del mundo humano, proceso de sistematización y de racionalización omniabarcadora que algunos celebraron como un portento de la capacidad organizativa, mientras que otros, entre ellos algunos de los fundadores de la Teoría Crítica, temieron y criticaron e incluso advirtieron a la humanidad de los peligros de dicha emergente forma de sistematizar la realidad bajo procedimientos que amenazaban con la destrucción del mundo de la vida y de los hombres particulares. Sea como sea, hay que notar que Habermas está fuertemente influido por la teoría Weberiana de la racionalización, esto junto a las teorías de otros sociólogos canónicos como Emile Durkheim, gracias a las cuales formuló su peculiar concepción de lo Moderno. Junto a toda la mencionada literatura sociológica clásica, es igual de importante marcar el legado ilustrado del maestro de Frankfurt, tanto así que en un momento dado, definió su proyecto bajo la frase programática de “ilustrar la ilustración”.

Y bien, con la anterior síntesis, no queda sino abordar el concepto central de la construcción habermasiana para ir dilucidando con mayor precisión el método que tiene dicho pensador para resolver algunos problemas filosóficos surgidos de la relación que tenemos con la modernidad. El concepto principal de este pensador es el concepto de consenso intersubjetivo, y su teoría, es decir, su única teoría formada por algunos conceptos medulares, es la llamada Teoría de la Acción Comunicativa. La idea es que existen reglas a priori inherentes al lenguaje y que son actualizadas en cada acto de habla particular efectuado por cada sujeto particular capaz de lenguaje, por ejemplo, el lenguaje presupone una estructura proposicional, esta a su vez, presupone reglas, una de las cuales sería, que a determinada emisión de un sujeto A, corresponde la idea de que esta pueda ser entendida por un determinado sujeto B, todo por una cierta universalidad de las reglas inherentes al lenguaje, de tal manera, que quien habla, habla suponiendo que puede ser comprendido por un determinado otro exterior a él, es decir, que de alguna manera, y así lo expresa el propio pensador alemán, los hablantes están inclinados irremediablemente a “superar la subjetividad inicial de sus puntos de vista”. Con este presupuesto básico, referido aquí de manera sucinta, es que Habermas va avanzando en la construcción de su teoría de la comunidad ideal de hablantes, la conocida utopía de la comunicación, el absoluto de la comunicación cuyo límite formal vendría a ser la constitución de un consenso universal basado en los argumentos mejor formulados y en una persuasión no coactiva, no coercitiva, basada en el ideal de una comunicación libre de distorsiones. Un buen ejemplo de la aplicación de este principio de la comunicación ideal se tiene con el ejemplo de las relaciones de poder, en donde los canales de la comunicación se ven fuertemente obstruidos; en este sentido, se puede afirmar que donde hay acción comunicativa, la relación de poder queda atenuada, a la vez que, a mayor relación de poder, mayor obstrucción de los canales de la acción comunicativa. Es evidente el parecido estructural entre este teorema y el ideal de ilustración como una salida del hombre de su auto-culpable minoría de edad hacia una especie de edad adulta en donde puede servirse de su entendimiento y de su propia razón sin apelar a instancias externas para la resolución de cualquier problema.

Este tipo de teoría ha recibido toda clase de comentarios, siendo quizá el menos favorable aquel que considera el postulado de la razón comunicativa como demasiado liviano desde el punto de vista filosófico, es decir ingenuo, de acuerdo con este estilo de crítica, se expresa un conocido detractor de Habermas, el clásico posmoderno P. Sloterdijk: “Tampoco se consigue nada por el hecho de que los seres humanos se reconozcan rápidamente como iguales entre sí, pues con ello no se llega más que a alianzas entre ignorantes que se celebran como ‘diálogo’. La huida a la ‘intersubjetividad’ no conduce más que a la confusión común”.

Una buena manera de contestar a la anterior objeción es preguntarse por qué a Habermas le resulta tan fácil preconizar el consenso. Tal vez sea porque Habermas está pensando en la plaza pública, en la realidad política, lugares en los que conviene creer que habrá entendimiento común, pero en efecto, si el mismo postulado, marcado por un cierto optimismo, se aplica en un área como la de las relaciones íntimas entre los seres humanos, quizá, en efecto, no se pueda lograr mucho, en ese territorio puede ser que sean superiores un Levinas y su fenomenología de la alteridad, un Derrida y su deconstrucción, un Lacan con sus teorías acerca del otro o lo otro como un lugar vacío, incluso un Wittgenstein con su célebre Tractatus y su llamado al silencio en lo que a asuntos intersubjetivos se refiere.

Sin embargo, como conclusión, cabe repetir la adhesión que Habermas presenta para con el gran proyecto Moderno, y su teoría de la comunidad ideal de hablantes se entiende mucho mejor si se considera que al final de cuentas lo que el autor busca no es otra cosa que la defensa del ideal ilustrado de la autonomía racional, razón por la cual a lo largo de sus obras emprende una sistemática lucha contra toda clase de concepciones funcionalistas; incluso, subtitula su Teoría de la Acción Comunicativa II, como una crítica de la razón funcionalista, por ejemplo, la teoría de la acción comunicativa es una teoría diametralmente opuesta a las teorías de sistemas automatizados, o a las teorías naturalistas de la más variada estirpe conceptual. En conclusión, se debe decir que, la acción comunicativa, la búsqueda de la comunicación irrestricta, está pensada para colocar de nuevo a la racionalidad en el centro de la filosofía, tal y como la Ilustración lo señala, por ejemplo, el modelo habermasiano resulta muy útil para comprender a algunas sociedades contemporáneas y ayudarlas a emanciparse de toda clase de determinismos que las mantienen en un estado de parálisis en que la modernidad se expresa de manera más bien precaria, de manera muy resumida, hay una frase del autor que expresa mucho de las intenciones de su proyecto, “desnaturalizar la sociedad, desocializar la naturaleza”, ambos movimientos suponen una hipóstasis, es decir, la instauración de un orden eterno, en el caso de una sociedad naturalizada, obviamente se tiene que aceptar cierto orden amoral basado en la supremacía de los instintos, en cuanto a la socialización de la naturaleza, dicha tendencia no sería menos anti-ilustrada y dogmática, pues estaría tomando demasiado literalmente, mimetizándolo de manera acrítica y con un asombro fácil, el orden autorregulado de la naturaleza y sus ciclos, de las especies y sus supuestos ordenamientos perfectos, de modo que no es extraño que la historia humana haya registrado argumentos basados en la observación empírica de algunas comunidades de la naturaleza, siendo una de las más insultantes aquella que buscaba legitimar el sometimiento, o, más aún, el despotismo, de unos hombres sobre otros basándose en que la naturaleza misma proporcionaba el modelo para tales excesos en el ejemplo de las especies y su amoral y descarnada manera de ir subsistiendo. En términos, técnicos, Habermas criticó a algunos sistemas, entre los cuales estaría ese concepto de una naturaleza amoral, agrupándolos bajo la categoría de sistemas automatizados exentos de contenido normativo, cabe recordar que incluyó en esta categoría a los medios dinero y poder, como sistemas automatizados, sistemas que ciertamente cohesionan, pero que carecen de un contenido normativo que pueda regularlos, y que deben su éxito, según Habermas, a la manera en que emulan la estructura del lenguaje, pero sin la racionalidad de este. En suma, en toda la clase de ejemplos presentados por el autor de La Teoría de la Acción Comunicativa, se defiende la necesidad de afirmar la racionalidad por sobre toda clase de determinismos, automatismos, oscurantismos, y tantas lógicas inexpugnables frente a las cuales el sujeto racional poco a nada puede hacer. Por eso, para Habermas, modernidad es otro de los nombres de la libertad, que en su terminología figura con la palabra emancipación, por eso el lema con el que arrancó su filosofar hace ya algunas décadas: “salvar el potencial emancipatorio de la Modernidad”.






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