Filosofía Práctica



El determinismo en la filosofía de Spinoza



Mauricio Enríquez Zamora

21 de mayo de 2017 | Descargar PDF

La Ética de Spinoza inicia en su primera parte con el estudio de Dios. En ella se establecen los fundamentos metafísicos que posteriormente servirán para determinar los principios de la antropología, la epistemología, la ética y la política spinozianas.

De esta primera parte de la filosofía de Spinoza podrían plantearse varios problemas interesantes: el de las cualidades de Dios, el de la esencia de los modos, el del concepto de infinito, el del determinismo o el de la libertad, entre otros. En lo que sigue trataré el tema del determinismo spinoziano.

En una primera parte de este ensayo hago un análisis del concepto spinoziano de sustancia, y de cómo el método geométrico lleva a la conclusión de que sólo puede haber una sola sustancia, la cual es absolutamente infinita. Luego paso a describir el tipo de relación causal de dicha sustancia con sus modos o efectos. Por último pongo de relieve que el determinismo a que Dios somete a todas sus producciones no está en contradicción con la definición de libertad en Spinoza.

Dios es la única sustancia existente.

A diferencia de otros filósofos, incluyendo a su más insigne predecesor, Descartes, el holandés Baruch de Spinoza considera que en la realidad sólo existe una sustancia, la cual es causa de todo lo existente. Esto es demostrado partiendo de la misma definición empleada por Descartes, la cual Spinoza apunta de la siguiente forma: “Por sustancia entiendo aquello que es en sí y se concibe por sí, aquello cuyo concepto no necesita el concepto de otra cosa, por el cual deba ser pensado”1.

No obstante esta coincidencia conceptual entre Descartes y Spinoza, el primero deduce que hay tres tipos diferentes de sustancias: el alma o res cogitans, la materia o res extensa y la sustancia divina. Spinoza, en cambio, demostrará que sólo puede haber una sustancia al articular la definición de sustancia ya mencionada con la definición de Dios: “Por Dios entiendo el ser absolutamente infinito, es decir, la sustancia que consta de infinitos atributos, cada uno de los cuales expresa una esencia eterna e infinita”2.

En la proposición 11 de la primera parte de su Ética, concluye que Dios existe necesariamente. Ofrece varias demostraciones de la existencia de Dios, la primera de ellas tiene su apoyo en el concepto mismo de sustancia, como lo que es en sí y se concibe por sí solamente. Toda sustancia tiene que ser causa de sí, lo que significa que de su esencia se sigue su existencia o que pertenece a su naturaleza existir. Sería contradictorio pensar una sustancia y a la vez la posibilidad de su no existencia. Así, Dios, como sustancia, debe existir; Dios no puede pensarse como inexistente, si es una sustancia. La última forma de demostrar la existencia necesaria de Dios se apoya en la noción de potencia. Sabemos con constancia que existen cosas finitas, cuya potencia es limitada, ¿no es una contradicción negar la existencia de Dios, que al abarcar un grado infinito de realidad, tiene una potencia también infinita? ¿Acaso merece más la existencia lo menos potente que lo más potente? No puede ser; así que Dios debe existir con una mayor certeza que la que tenemos acerca de la existencia de las cosas finitas.

La necesidad de la existencia de Dios conduce a que Dios es la única sustancia posible. Aunque al iniciar la primera parte de la Ética, Spinoza considera la existencia de varias sustancias, luego de demostrar la existencia de Dios, deduce que no puede existir una segunda sustancia a parte de Dios. Esto, porque Dios es una sustancia “absolutamente infinita”; por lo cual no puede pensarse otra sustancia cuya esencia o atributo no esté presente ya en Dios, siendo imposible que existan dos sustancias con algún atributo en común3.

Dios es causa de todas las cosas.

Otras nociones fundamentales de la metafísica spinoziana son las de modo y atributo. Este último ya lo he mencionado antes, y se refiere a las cualidades esenciales de la Sustancia divina: extensión y pensamiento. Lo que en la filosofía cartesiana era considerado como sustancias, en la de Spinoza son solamente atributos de la única sustancia, que es Dios. Aunque no son los únicos atributos de Dios, dada su naturaleza absolutamente infinita, sino los que nos vemos limitados a conocer únicamente, por estar formados de ellos al tener un cuerpo y un alma.

Los modos, por otro lado, son “las afecciones de la sustancia, o sea, aquello que es en otro, por medio del cual también es concebido”4. Más que un concepto que se oponga al de atributo, se opone al de sustancia. La sustancia es lo que es en sí mismo, mientras que un modo es “lo que es en otro”, es decir, que su ser depende de otro. Spinoza demuestra que en la naturaleza sólo hay sustancias y modos5, o mejor dicho, una Sustancia (Dios) y sus modos o afecciones. Al no haber más que una sola sustancia, los modos existentes en la naturaleza deberán ser causados por, o deberán ser parte de, Dios: “Todo lo que es, es en Dios, y sin Dios nada puede ser ni ser concebido”6. Así, el universo entero, y sus partes, no son más que modos o efectos de Dios, la única sustancia o ser causa de sí.

La causalidad entre Dios y sus modos no puede ser sino una causalidad inmanente, es decir, que los modos o efectos no están separados de su causa, sino que permanecen como parte de ella. Existe una conexión permanente de Dios con lo que produce, así como es causa no sólo de la existencia de todas las cosas, sino también de su esencia7. Y todo esto de un modo no contingente, sino necesario. Puesto que lo contingente comprende lo que no tiene una causa, sino que es más bien “casualidad” o “azar”, mientras que de Dios se siguen efectos que implican una naturaleza fija o leyes necesarias.

Dicha causalidad puede también ser vista desde dos perspectivas diferentes: tanto como una causalidad externa, como una interna. La primera queda expresada en la proposición 28 de la primera parte:

Cualquier cosa singular, o sea, toda cosa que es finita y tiene una existencia determinada, no puede existir ni ser determinada a obrar, si no es determinada a existir y a obrar por otra causa, que también es finita y tiene una existencia determinada; y esta causa, a su vez, tampoco puede existir y ser determinada a obrar, si no es determinada a existir y a obrar por otra, que también es finita y tiene una existencia determinada, y así al infinito.

Esta es la perspectiva de la causalidad exterior, donde toda cosa finita es determinada a existir y a obrar por otra cosa finita, pero en cuya cadena causal infinita está implícito Dios, porque éste es causa de la existencia de toda cosa singular. Cualquier cosa es un modo de Dios, así que ver cómo una cosa es producto de otras sólo es un punto de vista arbitrario de cómo Dios mismo produce dicha cosa. En cambio, desde una perspectiva de causalidad interna se concibe a Dios como causa de la esencia de las cosas, de que éstas actúen de un modo apropiado o libre, es decir, según su naturaleza. Y dichas esencias de las cosas no son algo contingente: “En la naturaleza de las cosas no se da nada contingente, sino que todas son determinadas por la necesidad de la naturaleza divina a existir y a obrar de cierto modo”8. Así, pues, toda cosa singular, incluyendo a los seres humanos somos dotados por Dios de una esencia que es necesaria, es decir, que obedece un conjunto de leyes fijas.

Determinismo y Libertad.

Esta condición divina de establecer, inmanentemente, tanto la esencia como la existencia de todas las cosas es lo que podríamos llamar “el determinismo spinoziano”, que nos hace cuestionar la libertad humana. Para Spinoza Dios es el único ser plenamente libre. En cambio, los seres humanos, así como todas las cosas singulares o finitas, poseemos una libertad relativa a nuestra esencia.

La definición dada en la Ética de lo que es libre dice:

Se llamará libre aquella cosa que existe por la sola necesidad de su naturaleza, y se determina por sí sola a obrar. Necesaria, en cambio, o más bien coaccionada, aquella que es determinada por otra a existir y obrar según una razón cierta y determinada9.

Según esta definición de lo que es libre, no hay contradicción entre libertad y actuar por “la sola necesidad de la propia naturaleza”, al contrario, en eso mismo consiste la libertad. No obstante, es posible distinguir que la libertad humana es muy distinta de la libertad de Dios, puesto que la esencia humana es un producto o efecto de Dios, mientras que la esencia de Dios no tiene una causa exterior, porque Dios es causa sui. Por esto, la libertad divina es absoluta, mientras que la humana es relativa a la esencia que Dios ha producido en lo humano.

Spinoza es muy consecuente con esta definición de libertad al afirmar que Dios no puede producir las cosas de un modo distinto a como han sido producidas10, puesto que su naturaleza es una sola. Dios mismo no puede cambiar arbitrariamente las leyes que rigen la realidad, las cuales son expresión de su naturaleza. Y esto no denota ninguna imperfección en Dios, salvo para quienes conciben a Dios imaginativamente, como un príncipe que decreta cosas según su capricho. Libertad no es sinónimo de arbitrariedad, sino actuar en concordancia con nuestra esencia necesaria. No hay, pues, una contradicción real entre determinismo y libertad, como pudiera creerse; esta sólo existe entre determinismo y arbitrariedad.

La libertad humana, entonces, es algo relativo a la esencia humana. Pero, ¿en qué consiste tal esencia? En las proposiciones 6 y 7 de la tercera parte de la Ética, Spinoza define al conato como la esencia de toda cosa singular. El conato es el acto en que toda cosa se esfuerza por perseverar en su ser. Aunque parece redundante afirmar que la esencia de una cosa (¿que no es el ser de ella?) es su esfuerzo por perseverar en su ser, cabe rescatar el término “fuerza”. Las esencias de las cosas son fuerzas que las mueven a manifestar una esencia, un ser singular determinado por Dios, como se ha establecido antes.

En la medida que el ser humano se conduce de acuerdo con su conato, es libre, y al practicar esta libertad es afectado activamente por un sentimiento de alegría. Por el contrario, si se conduce distintamente a lo que es su naturaleza (por lo general, movido por fuerzas externas), sentirá un afecto de tristeza. Estos dos sentimientos, y sus derivaciones, son analizados por Spinoza en la tercera parte de la Ética, en una sinigual teoría de la dinámica de los afectos. El bien y el mal no son otra cosa que el conocimiento que el ser humano tiene de la alegría y la tristeza11: son específicamente relativos a la naturaleza humana. No son cualidades metafísicas inherentes a la realidad al margen del hombre. Lo bueno y lo malo son productos de la actividad divina y son perfectos en sí mismos; sólo para nosotros adquieren un signo negativo o positivo.

Conclusiones.

La metafísica de Spinoza difiere tanto de la de los filósofos que le precedieron como su idea de Dios difiere de la noción imaginativa de éste en las religiones. Además del concepto de Dios, están también los de causalidad inmanente y de libertad, que adquieren un sentido muy singular en el filósofo holandés. Concluyo con algunas valoraciones en torno a estos conceptos.

El concepto spinoziano de Dios se distingue radicalmente de una larga tradición metafísica que inicia con Platón, la cual atribuye a lo divino cualidades exclusivamente inteligibles o suprasensibles. Spinoza no titubea al otorgarle a Dios el atributo de la extensión o materialidad, porque piensa que la infinitud divina debe ser absoluta. Dios no puede contener sólo al atributo pensamiento, sin el material, porque su perfección y poder serían también parciales y limitados.

Además de ser infinito, eterno, indivisible y omnipotente, es causa de todas las cosas como una realidad siempre inmanente. Siempre actuante y no sólo pensante. El mundo se mantiene sólo por la acción de su poder. Hasta la más mísera forma de existencia tiene a Dios como su fundamento. Pero esto no debe convertirse en un pánico por la nulidad de nuestro ser, pues dicho ser es parte de Dios mismo.

Por último, la libertad spinoziana estipulada bajo la racionalidad es muy distinta a la libertad de sentido común, cuyo concepto es aceptado incluso por algunos filósofos. Podemos decir que la libertad spinoziana empieza por aceptar el determinismo que nos constituye, que es lo que realmente nos mueve, para poder dirigir adecuadamente la nave de nuestra existencia.


Notas:


1. Ética, Parte I, Def. 3.

2. Ética, Parte I, Def. 6.

3. Ética, Parte I, Prop. 5, Dem.

4. Ética, Parte I, Def. 5.

5. Esto es, sólo hay cosas que dependen de sí solamente, junto a otras que dependen de otras para existir: sustancias y modos.

6. Ética, Parte I, Prop. 15.

7. Ética, Parte I, Prop. 25.

8. Ética, Parte I, Prop. 29.

9. Ética, Parte I, Def. 7.

10. Ética, Parte I, Prop. 33.

11. Ética, Parte IV, Prop. 8.


Bibliografía.

1. Spinoza, B. Ética. Ed. Trotta. Barcelona. 2005. Trad. Atilano Domínguez.






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