Filosofía Práctica



Deificación y sacrificio en el pensamiento de María Zambrano



Karim Martínez Zavala

2 de diciembre de 2017 | Descargar PDF


I.- De lo sagrado y lo divino.

La preocupación central de María Zambrano gira en torno a los procesos de lo sagrado y lo divino en la historia, en la cultura, en la filosofía. Por tanto, si se pretende un acercamiento a su pensamiento, es necesario atender la concepción que la filósofa española tiene sobre lo sagrado y lo divino.

El punto de partida, y que será recurrente en la filosofía de Zambrano, es la relación primaria entre el hombre y la realidad. Existen posiciones filosóficas que centran aquélla relación en actos humanos -el asombro, la duda, la pregunta, etc.-, los cuales derivan y justifican a las epistemologías de diversa índole.

Al contrario de esto, María Zambrano sostiene que esta relación originaria entre el hombre y la realidad es anterior a toda actitud pre-cognoscitiva. Zambrano afirma que la realidad no se presenta como un desierto o un vacío, sino más bien, la realidad es un lleno, el hombre se encuentra rodeado, acosado por la realidad,

alrededor (del hombre) no hay ‘espacio vital’, libre, en cuyo vacío pueda moverse, sino todo lo contrario. Lo que le rodea está lleno. Lleno y no sabe de qué. Mas, podría no necesitar saber de qué está lleno eso que le rodea. Y si lo necesita es porque se siente diferente, extraño.1

Una realidad extraña, diferente que nos remite a los diversos sentimientos y experiencias que emanan de lo que anteriormente Rudolph Otto habría llamado sentimiento o experiencia de lo numinoso2. Es decir, una realidad que persigue y acosa; y al mismo tiempo, una realidad que se presenta como lo absolutamente otro.

En cercanía con las ideas de Otto3, Zambrano afirma que la realidad es lo sagrado,

la realidad no es atributo ni cualidad que les conviene a unas cosas sí y a otras no: es algo anterior a las cosas, es una irradiación de la vida que emana de un fondo de misterio; es la realidad oculta, escondida; corresponde, en suma, a lo que hoy llamamos ‘sagrado’.4

Al respecto, habrá que subrayar que esta noción de lo sagrado al ser la realidad misma -además que ésta realidad sea misteriosa, enigmática, acosadora, innombrable, entre otros atributos-, permite separar esta concepción de lo sagrado con la racionalización que se ha hecho dentro de las religiones y algunas filosofías, colocando a lo sagrado al mismo nivel de lo ético. Más bien, pareciera ser que Zambrano entiende lo sagrado como una realidad anterior a toda configuración epistemológica o ética.

Es decir, al mismo tiempo que lo sagrado es la fuente o la matriz de esa realidad a la que alude Zambrano, “la realidad es lo sagrado y sólo lo sagrado la tiene y la otorga. Lo demás le pertenece.”5

Sin embargo, este arcano que es la realidad, esconde lo que Julieta Lizaola llama una dialéctica6, a saber, que lo sagrado, además de su ocultación, del afán de resguardar el misterio, también permite transparentarse, permite ser nombrada. La aparición de los dioses supone esa transparencia; los dioses son, pues, la mostración de esa realidad sin nombre.

Para Zambrano, lo divino es esa captación de lo sagrado a la que alude Caillois; lo divino, pues, es la configuración de esa realidad ignota. La emergencia de lo divino ha permitido un trato con lo sagrado, que lo sagrado tenga un rostro, ya sea ese rostro el viento, la luz o la palabra.

Así, afirma Zambrano que

la aparición de un dios representa el final de un largo periodo de oscuridad y padecimientos. Y es el suceso más tranquilizador de todos los que pueden ocurrir en una cultura; señal de que el pacto, la alianza, está concluido. Ha cesado el delirio de persecución, al menos en su fase inicial.7

El nacimiento de los dioses representa el fin del delirio, el comienzo de un pacto; y con ello la configuración de todo lo que rodea al hombre. La realidad se ilumina o se muestra gracias a la luz de los dioses. Y como luz que se filtra, también ilumina al hombre mismo, porque el hombre también es extraño para sí.

II. De la negación de lo divino a la deificación

Lo divino no culmina con sus manifestaciones; manifestaciones de lo divino concebidas a través de la poesía, la cual fue la primera que se enfrentó al mundo de lo sagrado. La configuración de lo divino implica, también, el surgimiento de la conciencia, es decir, en lo divino está la semilla del pensamiento, de la filosofía,

y así, la filosofía se inicia del modo más antipoético por una pregunta. La poesía lo hará por una respuesta a una pregunta no formulada. El preguntarse es lo peculiar del hombre, el signo de que ha llegado a un momento en que va a separarse de lo que le rodea, algo así como la ruptura de un amor, como el nacimiento.8

La filosofía, afirma Zambrano, surge como reacción ante la insuficiencia que percibe de la poesía. Esta relación –divorcio, más bien- entre filosofía y poesía es uno de los sucesos fundamentales de la historia occidental, historia que se expresa en un desgarramiento; “la filosofía es un éxtasis fracasado por un desgarramiento. ¿Qué fuerza es ésa que la desgarra? ¿Por qué la violencia, la prisa, el ímpetu de desprendimiento?9

La filosofía poseída por este éxtasis comenzó la búsqueda de otro mundo para explicar éste que primigeniamente se le mostraba. Esa búsqueda del filósofo trazará un camino, un método “que será siempre una traza, una línea visible que exige ser recorrida, y que hace sentir una especie de mandato”10.

Ese es, entiende Zambrano, el origen de la filosofía –quizá también se le puede llamar pensamiento o razón-, a partir del cual empezó a construir métodos, categorías, conceptos, sistemas. Pero habría que subrayar que esta nueva configuración, esta nueva visión, significa un momento más de esa manifestación sagrada, la filosofía es otro momento de ese proceso de lo divino.

Así, del apeiron de Anaximandro a los grandes sistemas filosóficos, pasando por las concepciones modernas de la Historia (por ejemplo, en Hegel), no han sido sino momentos de lo sagrado, los cuales han tenido como eje a la Razón.

Al respecto, afirma Lizaola,

la razón se alzó sobre cualquier forma de conocimiento y desarrolló la racionalización científico-técnica de la imagen del mundo: la naturaleza perdiendo su carácter mítico-sagrado, de fascinación y misterio, se convierte en algo susceptible de ser dominado por la voluntad humana.11

Si la razón se erige como la guía, ¿habría, pues, que eliminar a lo divino?

Lo divino, aquello que el hombre ha sentido como irreductible a su vida, sufre eclipses. […] ‘eso divino’, irreductible a lo humano, ha corrido la suerte de lo humano: pasar, ser vencido, y aun morir. ¿Por qué? ¿Qué ha sucedido en esos instantes? ¿Ha sido en verdad algo inexorable?12

Zambrano, en este sentido, afirma que la negación de lo divino por parte de los positivismos y racionalismos, es otro de los procesos de lo sagrado, “que es tan inevitable en su acontecer como el momento contrario; cuando de lo sagrado han ido apareciendo los dioses por una acción sagrada.”13

Esta negación de lo divino implica un volver en busca de ese fondo sagrado, el regreso al abismo primigenio que no precisa de palabras ni de imágenes. Camino al abismo que deja vacíos, y cuya respuesta es la deificación de las cosas humanas, y aún más, del hombre mismo.

Anhelo de deificación que llega, como todos los anhelos profundos, a ser delirio. Mas, entre todos los anhelos, éste de ser divino o llegar a lo divino bien puede ser el más hondo, el más irrenunciable. Iba implícito en el delirio de persecución que debió acompañar o ser vehículo del nacimiento de los dioses.14

La deificación está vinculada con el delirio primordial que acosa al hombre; la negación de lo divino y la deificación humana desembocan invariablemente en un abismo que es la nada. Zambrano destaca este momento en el que al hombre se le manifiesta la nada, la nada es, para la filósofa, la última aparición de lo sagrado.

III. Deificación, absolutismo y sacrificio

En El hombre y lo divino, María Zambrano recurre a la figura del rey mendigo para ilustrar las consecuencias de la negación de lo divino y la deificación. El rey mendigo es, por decirlo así, la manifestación de un vacío o, para ser más precisos, de un desierto. La ausencia de lo divino en lo humano, se expresa a través del hecho de que lo divino no encuentra su lugar privilegiado.

La deificación, afirma Zambrano, debe entenderse como una especie de ensoñación humana, una autoensoñación; así lo plantea la filósofa,

Más este ensoñarse a sí mismo, ¿de dónde viene? El ensoñarse es la forma más tenue del delirio. Y el delirio de deificación, de llegar a ser divino, es el más hondo y al parecer irrenunciable de todos. ¿Por qué? ¿De qué condición humana nace?

Ningún ensueño ni delirio sobre el propio ser se explicaría si el hombre no fuera un pordiosero; un indigente que puede y sabe pedir […]. Su primera forma de expresión es un clamor: un delirio de exasperación en que irrumpe la necesidad largamente contenida.15

Un ensoñarse que deriva, a decir de Zambrano, en una exigencia, en un pedir. Dice Zambrano, que

el hombre siente su servidumbre y su necesidad; su doble y unitaria condición de ser viviente. Y, al pedir, recoge indigencia y servidumbre, pues pide porque es siervo y necesita […]. Sólo el hombre es pordiosero y lo seguirá siendo siempre; es una de sus posibilidades esenciales. El pedir muestra la deficiencia en que está, la falta de algo o la falta, sin más.16

Así, pareciera ser que este pedir, esta falta, esta mendicidad humana fuera la manifestación de aquella negación de lo divino y su correlato, la deificación humana. O acaso la mendicidad como la raíz indestructible que vincula al hombre con lo sagrado.

Zambrano encuentra en Edipo Rey un claro ejemplo de lo expuesto hasta aquí. En la tragedia griega, dice la pensadora española, se expresa el ímpetu de llegar a coronarse, pues Edipo lo sabe todo, menos quién era. Aquí se muestra un problema por el reconocimiento o la identidad propia, que en palabras más cercanas a Zambrano, sería no sólo la ignorancia, sino también, la negación de origen o la fuente de lo humano.

Es, pues, precisamente esta misma negación de lo divino o la asunción de lo divino en el hombre lo que hace al rey mendigo coronarse así mismo. Al respecto dice Zambrano que

No nace la realeza de que los hombres necesiten ser mandados como de que el hombre necesita mandar, convertir su pobreza originaria en poder; encubrir su desnudez, esa desnudez que no puede exhibir, revistiéndola de esplendor. Y de ceñir su desamparada cabeza con una corona. […]

El mendigo se nos aparece aún como signo de que el hombre habría de ser divino. Y al no ser un dios no es otra cosa que mendigo. El mendigo y el rey forman un solo personaje y en el uno se encuentran siempre huellas del otro. Como si en la unidad de los dos se manifestara la ambigüedad esencial de lo humano. Los dos igualmente espontáneos y primarios y, por ello, sagrados, pertenecientes al mundo de lo sagrado.17

El rey y el mendigo son la expresión de esa doble naturaleza humana que podemos relacionar con el modo en que se han manifestado diversos ámbitos en la historia, en particular en aquellos ámbitos en donde el racionalismo se ha encumbrado. Al respecto, dice Zambrano:

el racionalismo es absolutismo por su parte, al extender sin más los presupuestos de la Razón a la realidad toda. Una crisis imperante, no contemplativa, no dirigida a descubrir la estructura de la realidad. El racionalismo es una presuposición, si pensar es exigir. Y en el exigir va la imposición de ser –de existir-. El racionalismo es la expresión de la voluntad de ser, […] de la voluntad de poderío del hombre occidental.18

El racionalismo encumbrado o coronado, encuentra su modo de manifestarse a través de lo que Zambrano entiende como absolutismo. Absolutismo que no es exclusivo de la historia del pensamiento, sino que deja su huella también en la historia política, donde las diversas figuras como el rey, el monarca, el tirano son la expresión más clara de esa deificación a la que alude la filósofa española.

Deificación la del tirano o la del déspota que nos lleva a concebir y a padecer la vida humana como una tragedia, como un sacrificio

El absolutismo reaparece bajo otras formas, con otras apariencias, prueba de que no son las doctrinas, ni la religión, que lo suscitan. Últimamente hemos padecido en el absolutismo degradado, invertido, en el absolutismo del Estado de Dios, que por su misma falta de sustancia reclama sacrificio.19

La imagen del sacrificio es central en el pensamiento zambraniano, en especial cuando la filósofa reflexiona sobre lo relegado por la historia y la política en pos de un racionalismo a ultranza; imagen sacrificial que nos remite a épocas primigenias donde se cumplían ritos para responder a las exigencias del dios.

El sacrificio no ha sido abandonado por el hombre, pues en los momentos de la historia donde el racionalismo ha dejado su huella, la imagen sacrificial ha tomado diversos rostros, se ha manifestado de diversas formas, manteniendo la esencia original.

IV. Republicanismo y el alumbramiento de la persona

En 1964 Zambrano afirmaba:

Hoy la sociedad se comporta más que nunca como un dios de sacrificio humano, que no se cansa de devorar al hombre y de él, a lo que más propiamente le distingue de las demás criaturas: libertad puede llamársele, persona. […] Mas podemos entreverlo o al menos soñarlo, llegará un día en que el sacrificio no sea exigido por la historia de la edificación en que nuestra historia, cristianizándose, deje de ser sacrificial. ¿Qué aparecerá entonces? Sólo podemos pensarlo desde este lado de acá del dintel, como el paso de una historia trágica a un historia ética, ética y política.20

Es posible entender la concepción de sacrificio en el pensamiento de Zambrano, como una crítica al modo en que se ha desplegado los regímenes políticos; es decir, una crítica a planteamientos políticos que tienen su raíz en lo que la filósofa española entiende como racionalismo.

Así, lo que sobresale en el pensamiento zambraniano es la búsqueda de elementos que medien entre el logos y las entrañas; una mediación entre el mundo conceptual, racional y aquello que ha sido relegado por ese mundo. Dentro del pensamiento político, habría que identificar la tradición que también permita lograr esa mediación entre los excesos de los absolutismos y las tiranías, es decir, lograr que la historia -como afirma Zambrano- deje de ser sacrificial. En la filosofía política encontramos que el republicanismo es la tradición que tiene esos objetivos buscados por el pensamiento de Zambrano.

La historia de la tradición republicana se ha construido a partir de diversos discursos que han configurado al republicanismo como un régimen que busca el equilibrio entre las fuerzas políticas y sociales. En este sentido, los orígenes del republicanismo se caracterizan por ser un régimen enemigo, tanto de la democracia clásica como de las tiranías, como afirma Rivero:

Republicanismo es sinónimo de crítica y alternativa a la democracia clásica. Republicanismo, también, refiere a la posición, quizá más familiar a nuestra intuición del significado del término, enemiga de la monarquía como forma de gobierno.21

El republicanismo ha sido capaz de guardar en su seno y defender una serie de premisas que colocan a esta tradición entre los excesos del absolutismo, es decir, entre la democracia clásica que deviene en populismo y la aristocracia o monarquía que devienen en tiranía.

En este sentido afirma Robert A. Dahl, que “por tradición republicana entiendo un cuerpo de pensamiento, que no es sistemático ni coherente, que tiene su origen no tanto en ideas y prácticas de la Grecia clásica […] como en el más notable crítico de la democracia griega: Aristóteles.”22

En la Política, Aristóteles expone reflexiones en torno a los regímenes políticos y está cercano a la idea fundamental que caracteriza desde entonces al republicanismo, la configuración del gobierno mixto frente las formas puras de gobierno, a saber, la democracia y la aristocracia. El gobierno mixto pretendía evitar los peligros que estaban latentes en las otras formas de gobierno, es decir, en la degeneración de esos regímenes.

De esta manera, Arístóteles clasificó las formas de gobierno y su degeneración respectiva:

“En orden decreciente estarían la monarquía (literalmente el poder o gobierno de uno), la aristocracia (el poder o gobierno de los mejores o pocos) y, por último, la politeia (esto es, el gobierno de los muchos, la democracia). […] La monarquía degenera en tiranía, la aristocracia en oligarquía y la politeia en democracia.”

Las degeneraciones de los regímenes de gobierno que se concebían como algo inevitable, una degeneración que formaba parte de una especie de proceso circular denominado anacyclosis. Proceso del cual Aristóteles intenta salir a través de la concepción republicana como gobierno mixto, el cual tendría como premisas básicas proporcionar estabilidad, libertad y justicia al Estado.

Habría entonces que subrayar el por qué este cuidado de la tradición republicana por la búsqueda de equilibrio y estabilidad tanto del Estado como de la sociedad que está vinculado a él. Dicha búsqueda debe comprenderse desde los planteamientos aristotélicos que fueron también mencionados por otros pensadores como Polibio (200-118 a.C.) quien al igual que el estagirita, planteaba el ciclo de las constituciones, quien planteaba que la primera en formase era la monarquía, a la cual le seguía la realeza; la realeza degeneraba en tiranía; luego surge la aristocracia, degenerando en oligarquía, de la cual se deriva la democracia.23

Por tanto, podemos identificar de manera sintética dos excesos a los que se enfrenta el republicanismo. Por un lado, la aristocracia/monarquía, y por otro, la democracia/populismo.

Dos excesos, que estarían relacionados con lo que Zambrano dice en torno a la deificación, ese intento vano por divinizar lo humano. La aristocracia y su degeneración en monarquía exige la subordinación total al monarca, el cual se adjudica, a veces de manera explícita, otras veces implícita, la divinización de su persona.

Mientras que la díada democracia/populismo es, en cierto sentido, el cumplimiento de una visión tiránica24, que estaría cercana a la divinización del concepto de pueblo o, para ser más exactos, a la idea de masa, tan ampliamente estudiado durante el siglo XX y que fue una temática importante en el pensamiento de uno de los maestros de Zambrano, Ortega y Gasset.

Esto desde el planteamiento de María Zambrano es derivado de los excesos de un racionalismo que ha imperado en todos los ámbitos humanos y que ha de entenderse también como un modo errado de tratar con lo sagrado. Respecto a este punto Zambrano hace alusión a Ortega afirmando que el filósofo español:

Plantea de modo inigualable la última consecuencia a que había llegado el racionalismo europeo en su extremosidad: la razón lo penetra todo. Y el hombre individualista aun sin saberlo –individualista de corazón- entendía como razón su propia y personal razón. Una de las incapacidades del hombre moderno es la de haber perdido de vista la unidad última del universo.25

El hombre moderno, pues, es incapaz de ver la unidad, o en otras palabras, el racionalismo -incluyéndolo dentro del espacio político- ha llevado al hombre a un lugar errado, al igual que el rey mendigo, creyendo que todo lo sabe, ignora lo esencial. Lo esencial sería, en este sentido, concebir una razón que permita el sacar a la luz aquello que ha sido relegado o rechazado, logrando una reconciliación a través de vías mediadoras. En el ámbito de la filosofía política la tradición republicana cumpliría este papel, dar a luz a la mediación de mediaciones: la persona.

V. Notas

1. Zambrano, M., El hombre y lo divino, p. 28.

2. Principalmente los dos primeros momentos de lo numinoso: el sentimiento de ser criatura y el Mysterium tremendum. Cfr. Otto, R. Lo sagrado.

3. Zambrano, María, “A modo de autobiografía”, Anthropos, No. 70-71, p. 72: “El descubrimiento de lo sagrado, también se lo debo, o estaba propiciado por un libro apasionadamente leído en mi adolescencia, publicado por la Revista de Occidente, de un autor alemán, Rudolf Otto, Lo santo.”

4. Zambrano, M., Ibídem, p. 32-33.

5. Zambrano, M. Ibídem, p. 33.

6. Lizaola, J. Lo sagrado en el pensamiento de María Zambrano, p. 161.

7. Zambrano, M., El hombre y lo divino, p. 34.

8. Zambrano, M., Ibídem, p. 66-67.

9. Zambrano, M. Filosofía y poesía, p. 16.

10. Zambrano, M., El hombre y lo divino, p.70.

11. Lizaola, J., Op. cit., p. 193.

12. Zambrano, M. El hombre y lo divino, p. 136.

13. Zambrano, M., Ibídem, p. 138.

14. Zambrano, M. Ibídem, p. 153.

15. Zambrano, M. Ibídem, p. 157.

16. Zambrano, M., Ibídem, p. 156.

17. Zambrano, M., Ibídem, p. 160.

18. Zambrano, M., Persona y democracia, p. 87.

19. Zambrano, M., Ibídem, p. 83.

20. Zambrano, María, “El dintel de la historia: el sacrificio”, Semana, no. 312, San Juan de Puerto Rico, 21 de octubre de 1964, p. 7.

21. Rivero, A., “El discurso republicano”, en La democracia en sus textos, p. 49.

22. Ibídem, p. 52

23. Cfr. Ibídem, pp. 60.

24. especto a esta concepción de democracia, Rivero hace referencia a Tomás de Aquino quien es cita por Q. Skinner: “La democracia es una forma de poder popular en la que la gente corriente, por su fuerza o número, oprime a los ricos, con el resultado de que el populacho se convierte en una especie de tirano.”, Ibídem, p. 62.

25. Zambrano, M., El hombre y lo divino, p. 191.

VI. Bibliografía

-Lizaola, Julieta, Lo sagrado en el pensamiento de María Zambrano, UNAM/Ediciones Coyoacán, México, 2008.

-Otto, Rudolph, Lo sagrado, Claridad, Buenos Aires, 2008.

-Rivero, Ángel, “El discurso republicano”, en La democracia en sus textos, Alianza, Madrid, pp. 49-72.

-Zambrano, María, “A modo de autobiografía”, en Anthropos.

-______________, Revista de Documentación Científica de la Cultura. No. 70/71, Barcelona, 1987.

-______________, “El dintel de la historia: el sacrificio”,Semana, no. 312, San Juan de Puerto Rico, 21 de octubre de 1964, pp. 5-7.

-_______________, El hombre y lo divino, FCE, México, 1973.

-_______________, Filosofía y poesía, FCE, México, 2006.

-_______________, Persona y democracia, Anthropos, Barcelona, 1988.







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