Filosofía Práctica



Súcubo



Rafael Salazar Prieto

18 de noviembre de 2017 | Descargar PDF


El viento soplaba con intensidad, moviendo estrepitosamente las ramas de los árboles. La noche se acercaba, y él, que buscaba dónde refugiarse de la inevitable tormenta, dio con la entrada a una cueva.

La cueva se encontraba oscura al comienzo, pero después de que sus ojos se acostumbraron, pudo notar, cómo danzaban las llamas en una fogata al fondo de la misma. En algún sentido, el ver esas llamas, le dio tranquilidad al saber que no se encontraba solo. Se acercó a la fogata para recibir un poco de calor.

Las horas pasaron sin aparecer el dueño de la fogata. Se sentía cansado, por lo que el sueño lo venció.

―¡Despierta! (Dijo una voz femenina).

Él abrió los ojos topándose con su mirada. Ella le sonreía de un modo gentil, y aun así, un brillo extraño en sus ojos verdes lo perturbaba.

―¿Qué haces aquí? (Preguntó ella amablemente).

Él veía su cara, de arriba para abajo, de abajo para arriba; parpadeando, sorprendido: arriba de sus claros ojos verdes, dos negras cejas adornaban su blanca frente; rizos castaños reposaban sobre sus rosadas mejillas; sus labios rojizos sobre tan linda barbilla…

―¿Qué haces aquí? (Repitió la pregunta, mientras lo miraba con curiosidad).

No respondía. Sus ojos se fijaron en sus desnudos senos cubiertos por su rizado cabello; en su vientre plano y fina cintura; en sus anchas caderas y gruesos muslos…

Ella le sujetó el rostro por las mejillas.

―Mira mis ojos (susurró excitada).

La miró a los ojos. Notó cómo su vista se perdía paulatinamente, pasando de la luz, a la completa oscuridad.

Delante de él, en la completa oscuridad de su mirada, vio surgir una figura blanca, luminosa; su cuerpo delgado, senos y caderas pronunciadas, mostraban ser el de un cuerpo femenino; su cabeza carecía de cara y cabello, al igual que su cuerpo desnudo, libre de pezones y ombligo. Se acercó lentamente, desplazándose suave, flotando; sus pies colgaban, balanceándose, casi sueltos; su mano extendida, en un gesto de saludo, invitaba a ser tomada.

Desconcertado, sin saber qué hacer, sujetó su mano. Apenas rozaba sus dedos cuando la figura comenzó a desvanecerse, en estrellas que ascendían, hasta perderse de vista.

Un instante después, solo, en el inmenso espacio de oscuridad eterna, una sensación extraña invadió su cuerpo: sus pies sintieron un hormigueo que se extendió a lo largo de sus piernas; al llegar a la parte inferior de su espalda, subió como descarga eléctrica por su columna vertebral; en su nuca se convirtió en frescura, y de ahí, se esparció por todo su cuerpo.

De pronto, en medio del éxtasis de frescura que padecía, sonó un violín. Despertó, silenció su teléfono celular, y con mucha flojera, se levantó de su cama.






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