Filosofía Práctica



Pandemia



Mauricio Enríquez Zamora

8 de octubre de 2017 | Descargar PDF


El pájaro rompe el cascarón. El huevo es el mundo.
El que quiere nacer tiene que romper un mundo.
Herman Hesse



Nadie parece saber con certeza cómo empezó la pandemia, ni cuándo fue que la Ciudad entró en la Cuarentena. De hecho se sabe muy poco del Mundo Exterior, con el cual sólo se tiene comunicación por las exportaciones de materias primas o algunas mercancías, pues el tráfico humano se redujo a cero desde la Cuarentena, por el temor a la propagación del virus. Tampoco se sabe a ciencia cierta cuántas generaciones han nacido ya desde el inicio del aislamiento.

Al margen de la enfermedad, que azota a casi el 20% de la población, y sigue siendo incurable pese a los esfuerzos médicos por hallar una vacuna, el resto de la vida cotidiana es normal. La mayoría de los ciudadanos sanos trabajan diariamente como en la ciudad más próspera que pueda imaginarse: se explotan los recursos naturales para producir bienes de consumo interno y otros para el comercio exterior, los jóvenes se preparan en las Escuelas para desarrollar todas estas actividades productivas y de servicios.

En cambio, los hospitales están llenos de pacientes contagiados de la peste roja, como la han bautizado. Esta enfermedad empieza con la aparición de pústulas en todo el cuerpo, éstas revientan a los pocos días dejando un orificio que no vuelve a cicatrizar y por donde mana sangre constantemente. Los contagiados suelen durar una semana con la enfermedad, hasta morir desangrados. El Gobierno promueve una vacuna para reducir las posibilidades de contraer la enfermedad, aunque no la evita por completo. Esta vacuna es administrada a todos los ciudadanos a partir de la pubertad, una vez cada año. Es, además, un requisito obligatorio para ingresar a los centros de trabajo de la Ciudad.

Por alguna razón, la peste roja no afecta a los niños, así como a ciertos adultos, denominados inmunes. Estos últimos reciben dentro de la Ciudad un trato privilegiado, ocupando los puestos más altos en la economía, la política, o en la investigación científica. Fue gracias a algunos inmunes que se desarrolló la vacuna. Pero casi nadie se atreve a verificar su inmunidad, pues implica una prueba en donde se exponen al virus de la peste roja, con fatales consecuencias si no se es inmune. Por esto, la mayoría opta por vacunarse.

La vida en la Ciudad está marcada por la pandemia, la gente vive pendiente del miedo a contagiarse y morir. Sabe que la vacuna sólo es efectiva en la mitad de los casos. Todos, mientras desarrollan sus actividades diarias, sienten ese día como uno de los últimos de su existencia. El miedo es cotidiano, y por esto mismo a veces se vuelve imperceptible, para erupcionar luego en terror cuando alguien se topa con algún contagiado.


Oleg nació en medio de estas circunstancias, como tantos otros jóvenes. Desde pequeño manifestó un temperamento inquieto y rebelde, siendo un niño problema en la escuela, reacio a seguir los consejos de los padres, aunque teniéndoles siempre un profundo respeto. Así, cuando cumplió los quince y se le pidió vacunarse, no lo hizo.

-Hijo, es necesario -le dijo su padre. Nadie te dará empleo si no estás vacunado. Además, es un riesgo para ti y quienes estamos contigo.

Los consejos paternos nunca tuvieron en Oleg el peso suficiente para cambiar su comportamiento, siempre apegado a su propio instinto. En su escuela, evidenciaba su oposición a la vacuna, pues no llevaba en el brazo la marca indeleble que todos los chicos lucían con cierto orgullo, señal de haber sido ya vacunados. “El rebaño está puesto en el redil”, decía entre sí, mientras miraba los brazos marcados de los demás. Los compañeros lo miraban con desconfianza, algunos hasta con temor.

Pero a pesar de toda esa irreverencia mostrada ante los demás, Oleg es un muchacho sensible y bondadoso. Su rebeldía es tan sólo una forma peculiar de autoafirmación frente a las imposiciones del entorno. En realidad, esta actitud nunca le ha costado convertirse en un chico solitario, al contrario, gracias a ella conquista siempre las mejores amistades: las más sinceras.

Sin embargo, estaba aún en la busca de algo más que amistades y compañerismo: el amor de una joven, para saciar su sed de belleza. Y en esta búsqueda era tan individualista como en todo lo demás, pues no lo satisfacían las bellezas vulgares. No, debía ser algo muy personal, sólo él podría reconocerla porque, además, no se trataba sólo de la belleza física, exterior, sino también de la belleza interior de la amada. Quería hallar, quizás, a su alma gemela.

Cuando conoció a Paola en la escuela creyó ver a esa alma gemela que buscaba. Ella es una buena persona, aunque todavía con la inmadurez de la adolescencia. Hija de un magnate del comercio, era tan inmune como sus padres. Por eso trataba a Oleg con naturalidad, sin temor a contagiarse si él pudiera estarlo. Pero veía el futuro de su amigo como una cosa demasiado confusa para ella, cuando el suyo era algo tan claro como el sol. A eso sí le temía.

-Te aprecio mucho, Oleg, pero sólo como amigo.

- ¿Estás bien segura de eso?... Podría jurar que te gusto.

Paola bajó la mirada, sin poder contestar. Quizás era cierto que Oleg le gustaba, pero su padre no aprobaría la relación: “Los matrimonios entre inmunes y no inmunes no generan hijos inmunes, mi padre me lo advirtió, prohibiéndome andar con ellos”, pensaba Paola, mientras él esperaba su respuesta.

-¡Sólo es tu imaginación! –repuso Paola con vigor. Además, dudo mucho que me puedas sostener económicamente. Soy muy cara para ti.

Con estas palabras selló el final de las aspiraciones de su pretendiente, quien se sintió gravemente herido por ellas. Desde entonces supo que no era la mujer adecuada para él.


Esta decepción sentimental lo orilló a un estudio concentrado en la Escuela, para luego ingresar al sector de empleos. Se había preparado como programador de sistemas informáticos, y así, fue contratado en una empresa de desarrollo de software. Le iba muy bien. La objeción de Paola a su relación perdía cierto peso. Mas Oleg ya la había olvidado, absorto en su trabajo diario, y con la secreta esperanza de conocer a una mujer más humana, pues la generosidad es para él una cualidad que embellece a las personas.

Cierto día estaba en su escritorio cuando ocurrió un incidente que lo llenó de horror. Uno de sus compañeros programadores cayó de súbito sobre su regazo. Al instante sintió su cuerpo febril, sacudiéndose en forma espasmódica. La camisa de pronto se le había teñido de púrpura, despidiendo un olor pútrido. Lo empujó con desesperación hasta verlo caer en seco sobre el piso. Oleg vio cómo en su cara sudorosa aparecían las horrendas llagas precursoras de la muerte. Era como encontrarse con la muerte en persona.

Se hizo un gran revuelo en ese centro de trabajo. Oía cuchichear a unos, y los gritos de angustia de las mujeres. Todos rodeaban a Oleg y al contagiado, mientras aquel se veía las manos y el pantalón manchados de sangre. “Llamen a los médicos”, vociferaban unos. “Vámonos, o nos van a encerrar”, se decían otros, con más prudencia.

Era la primera vez que miraba directamente a un contagiado, y le había provocado un espanto indescriptible. El miedo a morir se instaló férreamente en su conciencia. Por su parte, las autoridades actuaban diligentemente en el caso. Inmediatamente habían impuesto una licencia a todos los empleados expuestos al contagio.

-Su caso es más delicado, Oleg –le informó su Jefe, un inmune. Estuvo más expuesto al virus y, además, no ha sido vacunado. Fuimos en contra de la política general del empleo al aceptarlo sin vacunar, pero lo hicimos por su alto rendimiento. Ahora, sólo esperamos que no se haya contagiado. Se tomará una licencia de quince días.

Las licencias no eran vacaciones. Consistían en imponer cuarentena a las personas en un hospital, totalmente aisladas. En su caso era más bien una especie de arresto domiciliario, pues vivía solo. De romper la cuarentena, entonces se le llevaría al aislamiento en el hospital. Un oficial del sector de salud le proporcionaría los víveres necesarios.

Los primeros días fueron de una angustia constante frente a la posibilidad de la muerte. Ésta parecía estar tan cerca que rozaba con su fría mano el alma de Oleg, estremeciéndola. No podía evitar pensar en todos los proyectos aún no realizados, como eran la creación de un software con el cual venía trabajando por un año, o encontrar el verdadero amor. Pero si adquiría la enfermedad estaría muerto en menos de una semana.

A los diez días de la cuarentena no había indicios de contagio. Esto lo tranquilizó, pues los síntomas no tardan más de ocho días en aparecer, después del contacto con el virus. Y fue, curiosamente, por esos días cuando recibió en su computadora el enigmático mensaje: “La pandemia es una farsa”. Antes de esto había considerado dos posibilidades: fue un hecho milagroso no contagiarse o, por otra parte, quizás era inmune. Ambas posibilidades suponían del hecho de que la pandemia era real, pero ciertamente su salud también podía explicarse si aquella era sólo un invento. ¿Cuál era la verdad? ¿Quién o quiénes estaban detrás de ese mensaje? Estas preguntas se agitaban confusamente en su interior.


Oleg volvió a su empleo con muchas dudas en la cabeza, aunque también con cierto alivio, pues había vivido la terrible angustia de una muerte inminente. Pero jamás había pensado en la pandemia como una mentira, al contrario, era la verdad más determinante de su vida, como la de todos en la Ciudad. ¿Con qué propósito se construiría semejante ilusión, si lo fuera realmente? ¿Acaso no habían sido reales la sangre y las llagas de aquel compañero suyo? ¿No había sido real su fallecimiento al siguiente día? ¿Qué significa decir que la pandemia es una farsa? Estos pensamientos lo agobiaban en su retorno a la rutina del trabajo.

De quienes habían sido aislados por aquel incidente, sólo una mujer manifestó los síntomas durante la cuarentena. Murió a los doce días del contacto. Pero el caso de Oleg era sorprendente, porque había tenido contacto físico directo y, aun así, no se contagió. La tendencia dominante entre sus compañeros era creer en su inmunidad al virus. No obstante, la compañía solicitó vacunas para los empleados disidentes, como se les llamaba a los opositores a la vacuna, a condición de conservar sus empleos.

Mientras la vacuna llegaba, Oleg recibió otro mensaje en la computadora de su casa: “Si quieres discutir sobre la pandemia, hallarás una aliada en Dakota”. ¿En Dakota? ¿Era un nombre o un lugar? El nuevo mensaje lo confundió más y pensó que todo era una broma pesada de algún delincuente cibernético. Desafortunadamente, su habilidad no era suficiente en el manejo de redes como para investigar quién le enviaba esos mensajes. Su especialidad era la programación.

Pero el sentido de este último mensaje se aclararía la noche siguiente, al recibir una visita de unos compañeros de trabajo:

-¡Qué tal, Oleg! Pasábamos por aquí de camino a un bar, y creímos oportuno invitarte.

Reconoció a dos de ellos, pues habían colaborado con él en algunos proyectos de la compañía. Eran novios. Pero la otra mujer no le parecía conocida.

-¡Ah, te presento a una amiga! Como ves, no viene con pareja. ¿Por qué no muestras tu caballerosidad acompañándonos? Así te distraerás un poco.

Oleg quedó prendado por la belleza de su rostro y la luz de sus ojos claros. Su cabello era corto y rubio, su cara, y en general todo su cuerpo, delgado, con formas femeninas perfectas.

-Me llamo Dakota –dijo, mientras le extendía su delicada mano-.

Oleg no pudo reprimir un gesto de sorpresa en su faz al escuchar aquel nombre, y se apuró a decir:

-Mucho gusto… claro que los acompaño.


El ambiente en penumbra del bar resaltaba la claridad de los ojos de Dakota. Él descubrió muy pronto la nobleza de su carácter, a través de su conducta verbal, en la cual se mostraban intereses de un valor genuino y un desdén por lo superfluo. Sentía una inusitada libertad al hablar con ella, porque: “mi pensamiento no puede chocar con el suyo”, pensaba.

-Debes estar algo confundido por los mensajes –inquirió Dakota, mirando atentamente a Oleg.

-¿Qué sabes de eso? –repuso Oleg, con sorpresa.

-Yo te los envié.

-¿Tú?... –comprendió de súbito que el último mensaje tenía por objetivo encontrarse para hablar sobre la pandemia. -Ya entiendo. Pero, ¿qué significa lo de la pandemia? ¿Cómo puede ser un engaño?

Ella giró su cabeza, echando un vistazo alrededor, a las otras mesas, donde el resto de los clientes departían entre ellos con normalidad. Igualmente, echó una mirada a sus acompañantes, que se hallaban lejos, en la barra.

-Es un engaño del Gobierno y los supuestos inmunes para controlar a la población –le murmuró al oído. -Vivimos en una Ciudad cuyo orden está basado en el miedo a morir de una enfermedad inexistente.

-Pero yo he visto los efectos del virus. ¡Es real!

-Sí, el virus existe, y es tan letal como lo anuncian, pero está controlado. Lo emplean como un arma contra opositores políticos y para la limpieza social.

-¿Limpieza social? ¿Qué es eso?

-Una especie de exterminio controlado de personas: vagabundos, desempleados, discapacitados, ancianos y demás individuos que para los inmunes representan una carga económica. Por otra parte, los que representan un peligro político. Ahora sabes cómo han hecho los inmunes para conservar el poder por más de cien años.

-No puedo creerlo… ¿De dónde sacas todo esto?

Dakota hizo un gesto de impaciencia, apurando un último sorbo a su copa de vino.

-Es una larga historia que no te puedo contar aquí. Sólo quiero que sepas que la enfermedad no es contagiosa. Por eso no enfermaste, pese a no estar vacunado. (La supuesta vacuna es sólo un placebo). Enfermarás sólo cuando ellos te quieran ver muerto. Espero que un día puedas constatar por ti mismo todo lo que te he dicho esta noche.


En su relación con Dakota, Oleg abrió los ojos, y pudo ver en su verdadero sentido la realidad que lo rodeaba. Era la misma realidad que otros veían, la misma que él veía de forma tan distinta antes que se le revelaran estas cosas, cubierta con un velo de apariencia muy difícil de arrancar. Y cuando se atrevió a cuestionar si no sería otra ilusión la que Dakota le ofrecía, esta nueva realidad le abofeteó el rostro.

Unos agentes de la Policía habían ido a su trabajo para aprehenderlo por no querer vacunarse. No bastaba que lo hubiesen despedido. Era un cabo suelto, al tener conciencia que la enfermedad no era contagiosa, pues no podían tampoco aceptarlo como un inmune. Era preciso mantenerlo en aislamiento. De no ser por un mensaje de Dakota a su celular, los policías lo habrían encontrado. Ahora es un fugitivo, sin hogar ni familia, un proscrito de una sociedad que ya no reconoce.

Pero esta condición de perseguido político la compartía con Dakota y otras personas que conoció por ella, y a cuyo modo subterráneo de vivir se fue adaptando. Ellos tienen la misión de hacer abrir más ojos a la verdadera realidad que está frente a nosotros; la misión de descubrir el velo de apariencia que oculta los crímenes cotidianos del Estado y su inhumana condición.

Para lograr tales objetivos, debían entender cada vez mejor los secretos de los inmunes, así como traspasar los muros de la Ciudad para conocer el Mundo Exterior. Una difícil tarea que parece siempre estar empezando.






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