Filosofía Práctica



El dentista asesino y el parnaso literario



Amadeus Estrada Cázares

22 de octubre de 2017 | Descargar PDF


I. La transformación.

Levantóse Juan Rivera sintiéndose raro en extremo.

¡Qué perfidia se había apoderado de su cuerpo!

¡Espera!...

La pregunta quizá esté mal formulada…

¡Qué perfidia es su cuerpo en este instante!

Su corazón presentía sufrimientos sin cuento y no era para menos.

Al parecer Juan se encuentra poseído por una infinidad de espíritus, por una diversidad ominosa de personalidades. Un poco de Hitler, un poco de actor imitando una posición estereotípica de egipcio, un tanto de paralítico, algo de cebra y un tanto de burro.

Así sale Rivera apertrechado a sembrar el horror en las calles, pero no lo hizo antes de cortarse medio bigote a lo Hitler [y dejando la otra mitad lampiña].

Un pie suyo está rígido como un palo; el otro se mueve extraño, como una cebra caminando; su brazo derecho se agita hacia adelante y hacia atrás. Del hombro hasta el codo la posición del brazo derecho es horizontal; del codo a la muñeca: vertical. La mano está colocada horizontalmente.

La cara de Rivera se contorsiona en muecas ininteligibles, y nacen de esta parte de su cuerpo una serie de rebuznos feroces, también intentaba hablar en al menos tres idiomas, lo cual daba lugar a las combinaciones más insensatas. No menos curioso resultaba su torso, que ensayaba toda clase de posiciones sin quedarse en ninguna en particular, como si un montón de seres trataran de adaptarse a su entorno, pero contando con insuficiente espacio para expresarse.

Finalmente Juan Rivera llega a su destino: la peluquería; allí encarga que el rapen toda la parte superior de la cabeza, que le arreglen las patillas, una cuadrada y la otra redonda, que le dejen rizado uno de los costados (el derecho) de su cabeza, y el izquierdo ondulado, así como lacia la parte central.

La encargada se queda extrañada, así que le pregunta si está seguro, y éste responde: ¡ja!, y asiente con la cabeza. La encargada se extraña de nuevo, pero se encoge de hombros y emprende su labor.

Una vez ha terminado su transformación, vuelve hasta su casa nuestro amigo Juan Rivera, y se duerme cuan largo es.


II. Camino al desastre.

A la mañana siguiente Museo y Orfeo estaban discutiendo en los costados de su cama; la cama excitada se cerró sobre sí misma y Juan a duras penas pudo evadir el pesado proyectil.

Aristófanes, Calímaco y Adimanto se unen a la fiesta y no lo dejan en paz.

Va Juan Rivera por las calles hablando griego y latín antiguos, hasta que se topa con un periódico y dice en griego antiguo: ¿Qué son estas letras ininteligibles? Algunas letras le resultan vagamente familiares, pero otras no. Él adivina qué propósito cumplen, pero resulta incapaz de descubrir qué significa el escrito.

Prosigue Rivera su camino a través de las calles, entre gente que no sabe caminar, hasta que se confunde y emprende el nado sobre la tierra, lo cual no lo lleva a ninguna parte.


III. El acto final.

Finalmente llega el desastre, como tenía que acontecer. Ese día en cuestión Rivera se levantó ligeramente más homicida que de costumbre.

Rivera llega a su consultorio; pues él es un dentista, aunque ya lo había olvidado, puesto que había emprendido unas largas vacaciones, donde experimentó profundos cambios.

Observa a un cliente, y le pide que pase a la sala, pero este cliente es un perfecto bobalicón, pues no se fijó en la mirada homicida con que Rivera lo había escrutado.

Una vez el cliente está sentado en su silla, Rivera se solaza frotando sus manos como una mosca, a la vez, prepara su instrumental médico para la operación, al mismo tiempo lanza atronadoras risotadas, llenas de una maldad abismal.

Saca nuestro héroe su taladro, ya había penetrado un poco en el diente cuando enloquece, dispara de su propia garganta un grito animal, y penetra con su taladro la garganta de su cliente, causando un chorro de sangre. Finalmente para asegurarse del éxito de su empresa arroja un objeto contundente el dentista Rivera a su cliente, el cual resulta completamente curado… curado de la enfermedad fundamental.

El dentista sale de su consultorio hacia la sala de espera, nadie había logrado entrar, puesto que el médico cuando estaba más o menos sano, ya sabía lo que iba a hacer, y había tomado la precaución de cerrar sólidamente la puerta. Una vez abierto el límite que lo separaba de la sociedad, dice el dentista impregnado todavía de sangre: ¿Quién sigue? La sala de espera (como era de esperarse) no duró poblada por mucho tiempo. Juan Rivera emprendió el camino de vuelta a casa.


IV. Conclusión.

Una vez en su hogar Rivera se pone a reflexionar sus actos, cuando de repente lo entiende todo: observa su reflejo en el espejo, y en vez de verse a sí mismo encuentra a una serie de líderes militares e intelectuales de la más diversa estirpe: Eurípides, Baquílides, Clío, Euterpe, Urania, Mopso, Albert Einstein, Newton, Isaac Asimov, Maquiavelo, Porfirio Díaz, Pancho villa, Juárez, Hernán Cortéz, Tertuliano, Torquemada, y muchos otros que no podía nombrar.

Todo esto pues lo llevaba consigo, desde la eternidad lo observaban con malicia y cinismo sin límites todos los grandes del pasado [¡incluso todas personas del pasado!], ¡observaban todos sus movimientos! ¡Realizaban actos por él! Esto era en verdad insoportable.

¡El parnaso literario habitaba en su cabeza!

¡No!

¡En todo su cuerpo, en todo su ser!

¡El parnaso inhumano y sacrílego!...

Lo observaba desde el abismo de la eternidad. Nada quedaba ya en la vida, solo depresión, tristeza y horror. Toma Rivera su microondas, se mete al baño, conecta el instrumento a la electricidad, llena su tina, y se introduce a ésta aún vestido con el microondas en cuestión entre sus manos.






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