Filosofía Práctica


Amantes



Mauricio Enríquez Zamora

21 de agosto de 2016





Ketty y Albino llevaban trabajando juntos más de diez años en la Oficina. Ella era la recepcionista, mientras él fungía algunas veces como mandadero, otras como auxiliar de intendente. Albino tiene un par de años más de antigüedad que Ketty. Y aún guarda secretamente el recuerdo del primer día en que ella apareció en la Oficina, con la falda ajustada al contorno de sus hermosas piernas, la negra y lacia cabellera cubriendo su delgado cuerpo, y su rostro iluminado por esa mirada que lo inquietaba siempre. Ketty era el tipo de mujer que más gustaba a Albino.

-Buenos días, Ketty. -dijo, como de costumbre, al entrar y poner la huella dactilar en el checador. Ella devolvió el saludo, como siempre, sin buscar la mirada de Albino. En realidad, él se había acostumbrado ya a esa indiferencia, que prefería a aquella extraña inquietud que le producía cuando ella lo miraba con atención. Así, poco a poco, con el paso de los años había olvidado que le gustaba.

-¿Qué tal el fin de semana? -preguntó Ketty, con su frialdad habitual, mientras Albino empezaba la limpieza de la Oficina.

-Como todos... en la soledad de mi casa.

Ketty frunció el ceño, como si le molestara que Albino no tuviese ambiciones, ni siquiera de las más simples, como pasarla bien un fin de semana. Pero en el fondo, esa discordia que le causaba su compañero de trabajo no era tanto por él, sino por ella misma.

-Y tú y tu marido, ¿qué hicieron?

-Nada. Estuvo muy ocupado, trabajando en uno de sus casos.

Cornelio se había casado con Ketty más o menos al año en que ésta empezó a trabajar en la Oficina. Era abogado en un bufete muy reconocido en la ciudad. Ahora, con nueve años de matrimonio, sólo han criado una niña de siete. Una viva copia de la madre.

-¡Qué pena! -exclamó Albino mientras fijaba seriamente la vista en el piso, al pasar el trapeador. Entonces, sintió un repentino deseo de voltear y encontrarse con la mirada de Ketty, como buscando consolarla de alguna manera. Y volteó. Ella lo miraba también con una atención inusual. Le pareció reconocer esa mirada, pero no quiso creerlo. Esa mirada que se sabe descubierta en su alegría y se oculta, recatada. No quiso creer que esa insólita mirada de Ketty fuera amor, o al menos una ilusión de amor.


Los días que siguieron al extraño hallazgo que Albino se negaba a creer no hicieron más que confirmarlo. Ketty ya no podía ocultar, por más que lo quisiera, su fascinación por Albino. Mientras que éste sentíase muy confundido, puesto que la actitud de Ketty hacia él había sido siempre la contraria: de indiferencia, incluso de rechazo. Pero los ojos de Ketty no podían mentir, y le decían con absoluta claridad que lo quería.

-¿Desde cuando será esto? -se preguntaba.- Y yo que siempre creí que le caía mal... Tal vez quiso mantenerme lejos, por su matrimonio. Quizás advirtió íntimamente que si permitía que me acercara, ya que desde un principio me gustó, se prendería también en ella la pasión, desquiciando su compromiso... Pero, ahora, después de tanto tiempo, ¿se les habrá terminado el amor?

Albino no durmió en toda una noche elucubrando ingenuamente sobre este asunto. Pero decidió tomar lo que la fortuna le ofrecía en charola de plata, sin detenerse a pensar en las fatales consecuencias que podrían sobrevenir. De súbito, una esperanza ya muerta se había transformado en una realidad palpable: su pasión amorosa por Ketty opacaba cualquier asomo de miedo en su espíritu.

Poco a poco, Ketty y Albino se fueron acercando más, física y sentimentalmente. Ya fuese en los rincones secretos de la Oficina o en casa de Ketty, cuando Cornelio salía de la ciudad por sus asuntos de trabajo, los amantes se encontraban para darse algo de lo que carecían en cualquier otra circunstancia. Esos encuentros amorosos eran sus momentos exclusivos, totalmente ajenos al trajín cotidiano del trabajo o del hogar. Son el mágico momento de los adúlteros.

-No puedo creer que te tenga ahora entre mis brazos... -dijo Albino, incrédulo todavía.- Ya había renunciado incluso a soñar con este momento.

-Olvida el pasado, piensa sólo en este presente, y disfrutémoslo.

-¿Y Cornelio?

-¿Qué con él? No pensarás hacerlo partícipe de esto.

-Claro que no. Digo que si quieres continuar con él o cambiarlo definitivamente por mí.

El rostro de Ketty le pareció como sacudido por un estruendo al escuchar estas palabras. Luego, guardó un calmado silencio por unos segundos, pensativa.

-Ni siquiera había imaginado esa posibilidad... ¡a pesar de que nuestro matrimonio ya no tiene vida! ¡No! Creo que no me atrevería a pedirle el divorcio. Así como se van dando las cosas está bien, ¿no crees? Pedir el divorcio complicaría todo.

-¿Por qué habría de complicarlo? Si ponen en claro su situación afectiva, que ya no puedes aceptar su ausencia en los deberes matrimoniales, puedes exigir tu derecho a divorciarte. Así podremos casarnos. Y dejaré de ser un mero amante para ser tu esposo.

-Prefiero que seas mi amante a que seas mi esposo, si te has de convertir en otro como Cornelio... Yo también sentía amor sincero por él antes de casarnos. Mira ahora lo que queda de ese amor. Además, no olvides que tengo una hija, y eso significa gastos que difícilmente podremos cubrir con nuestros empleos... Yo creo que es mejor que dejemos las cosas así.

Albino enmudeció ante la crudeza de estas palabras, y se tragó las suyas, las que expresaban sus deseos de no ser un plato de segunda mesa, sino el principal, el único, el verdadero. Con ellas, también se tuvo que tragar una inefable señal de peligro que habitaba confusamente su corazón.


Mientras tanto, Cornelio no era totalmente ajeno a la sospecha. Percibía algo extraño en la actitud de Ketty: un poco más lejana, con esporádicas ausencias explicadas insatisfactoriamente. Pero lo que llegó a convencerlo plenamente fueron ciertos vestigios de los amantes entre las sábanas, que olvidaron remover en el embeleso de su pasión. Para Cornelio, esto significaba una dolorosa afrenta a su autoridad de marido, no tanto a un inexistente amor que tuviese por Ketty. Le dolía ver burlado su honor de marido.

-¡Mataré a ese maldito!... ¡Sabré quién es y no escapará de mi furia!... Y en cuanto a ella, ¡ya sabrá de lo que soy capaz! Nunca volverá a hacerme esto...

Cornelio disimuló perfectamente frente a Ketty esos nuevos sentimientos que rugían dentro de él como una tormenta. En las breves charlas a la mesa evitaba cuanto podía cualquier alusión al trabajo de Ketty o cualquier cosa que ella hiciera fuera de casa, limitándose sólo a cuestiones del ámbito familiar. No era él quien descubriría los nexos de su esposa con el otro: un detective privado la seguía sigilosamente a todas partes. De vez en cuando, Cornelio fingía una salida de la ciudad para ver si los amantes se atrevían nuevamente a deshonrar el lecho matrimonial.


Una mañana en que Ketty entraba a la Oficina se encontró con la noticia de la muerte de Albino. Los empleados discrepaban en si fue un suicidio o un accidente. Había caído desde la azotea del edificio en que tenía su departamento.

-Era un hombre solo. Un pobre diablo. Creo que su depresión lo orilló a quitarse la vida.

-¿Cuál depresión? Él amaba la vida. No veo ningún motivo para que quisiera morirse. Pero, a veces ocurren estos infortunios, sin que uno se los busque.

Ketty quedó estupefacta por la noticia. Se preguntaba una y otra vez a sí misma, en su interior, por qué había ocurrido eso. Inevitablemente, rodaron un par de lágrimas por su azorado rostro.

-¡Hermosa, te has sobresaltado! -le dijo una de las compañeras de trabajo. De verdad es una tragedia, pero no llores, cada quien debe seguir con su vida...

Ellos no podían entender el significado que Albino había llegado a tener para ella, pero recibía sus consuelos con gratitud. El jefe de la Oficina dispuso que se trabajara sólo media jornada para emplear el resto del día en el funeral. Pero Ketty no tuvo la fortaleza para asistir. Su espíritu estaba al límite del colapso tan sólo con saber que el hombre que había sido su amante por tantos meses, con el que había tenido su último encuentro hace a penas unos días, ahora estaba muerto. Se lamentaba mucho por ese amor que ya no volvería a disfrutar nunca, pero también sentía cierto remordimiento por el mísero papel de amante al que lo había condenado. No soportaría ver su cuerpo inerte en el lecho mortuorio, cuando ella llevaba todavía en sí las huellas vivas de sus caricias. Por eso es que decidió mejor ir a su casa a descansar.

Al abrir la puerta, vio que Cornelio yacía sobre el sillón, como acongojado.

-¿Qué haces aquí? Pensé que estarías en una de tus diligencias -le dijo, sorprendida, mientras enjugaba sus ojos con una toalla de papel.

-No hubo tales diligencias... -se interrumpió unos segundos, como si de pronto una mano invisible hubiese apretado su garganta, luego continuó: -Has estado llorando...

-Sí -contestó Ketty abriendo bien los ojos. -Ocurrió una tragedia... Uno de mis compañeros de trabajo acaba de morir.

-¿Y lo querías mucho? -Preguntó Cornelio, en un tono de falsa tristeza.

Ketty se estremeció al escuchar esa pregunta, y más por la actitud que sentía de parte de su marido. Lo veía un poco demacrado, con los ojos saltones, como si una profunda preocupación lo tuviese pensando y pensando, sin dejarlo dormir.

-Claro que lo queríamos todos. Fue un buen hombre.

-¡Sí, sí, seguramente lo fue! -le espetó en el rostro, mientras la sujetaba fuertemente por los brazos. -¿Creyeron que jamás los iba a descubrir? ¡Tan imbécil parezco!

Luego de estas palabras, Ketty fue a dar con la espalda contra la pared más cercana, mientras Cornelio se mesaba los cabellos con frenesí. Pero la excitación emocional de Ketty era más fuerte que su dolor físico.

-¿Qué has hecho, Cornelio?

-Te lo diré, ya que lo quieres saber. En realidad es una historia muy corta:

“Cuando empecé a sospechar tu infidelidad contraté a un detective para que me diera cuenta de lo que hacías diariamente. Estaba casi seguro de tu engaño, pero necesitaba saber con quién lo hacías. Jamás habría violado tu privacidad si no hubiese tenido elementos suficientes que lo justificaran. No me lo puedes reprochar.

“El detective me enviaba todos los días un reporte de lo acontecido, de adónde ibas, con quién hablabas, a qué hora, y durante casi un mes no me reportó nada fuera de lo normal. Empezaba incluso a sentirme como un tonto. Me preguntaba si no había sido una confusión o si acaso había sido una aventura real, aunque efímera. Pero entonces llegó el día en que fuiste pillada yendo a un hotel con el conserje de tu Oficina. Duraron allí alrededor de dos horas y al salir volviste a la casa como a las 7:40 P.M. Aunque sabía que esto podría pasar, no pude evitar sentirme triste, como si hubiera abrigado la esperanza de que todo fuera un error.

“Sentía un profundo deseo de matar a ese hombre. Lo odiaba por entrometerse entre nosotros, que habíamos formado un hogar. Contigo me sentía muy enojado, por haber sido débil. Entonces le pedí a mi detective que investigara la dirección del conserje. No tardó en proporcionármela. Al hacerlo, di por finalizados sus servicios, mientras me disponía a habérmelas yo solo con el susudicho. Tenía que hacer que se fuera de nuestro círculo, así que como una primera salida le ofrecería dinero por dejarte.

“Subí al cuarto y último piso del edificio de departamentos en que vivía, y justo al llegar lo vi salir; él también me miró, y sin esperar siquiera a que dijera algo, se echó a correr como si hubiera visto al diablo. Lo seguí por las escaleras que conducen a la azotea, y allí se vio acorralado por el abismo. Su miedo había excitado mi enojo, así que al verlo sin escapatoria le grité: '¿De qué crees que huyes?' Estaba en el borde de la azotea, y al oírme y voltear perdió el equilibrio, y cayó.”

Ketty miraba a Cornelio aterrada, en silencio, como si la hubiese abandonado el aliento. Mientras tanto, el rostro de Cornelio dibujaba un extraño sentimiento, una monstruosa mezcla de ira, dolor, miedo y decepción. Él sólo había querido darle dinero para alejarlo de su vida con Ketty, pero ahora parecía culpable por su muerte, empeorando aún más su situación anterior.


Sin embargo, nadie sospechó nunca que Cornelio estuviera implicado en la muerte de Albino, y si se hubiera sabido es seguro que no habría sido culpado. Así que los dos mantuvieron esos hechos en secreto. Pero Ketty pudo entonces reunir fuerzas para pedirle el divorcio. Él no pudo negarse. Extrañamente, al morir, Albino había evitado que Cornelio ganara quedándose con Ketty, dejándole también a ella, en su vientre, el legado de su amor.






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